miércoles, diciembre 26, 2012

LA PUERTA (Relato)


La puerta



Pura esperaba que llegase el metro que debía llevarles, a ella y a su acompañante, a la estación del Norte de Madrid.


Estaba un poco nerviosa, porque no había dicho en casa dónde iría esa tarde.

Rosa, su acompañante, hacía tiempo que venía cada tarde para acompañarla a salir a la calle.


Había sido idea de Rafa, su marido, pues el trastorno que Pura sufría desde hacía muchos años era leve, pero eran unas ausencias que ponían en peligro su seguridad ya que, por unos segundos, perdía totalmente la noción de las cosas y quedaba a merced de lo que pudiera pasar, sin sentido de la realidad.

Era algo con lo que había tenido que aprender a convivir desde su juventud, sin que los médicos supieran diagnosticar exactamente la causa de esas ausencias.


No eran debidas a ninguna enfermedad, ni tampoco eran crisis de epilepsia, como al principio pensaron, pero el resultado era que debía ir siempre con cuidado y bajo la tutela y compañía de alguien que cuidase de ella por si sobrevenía una ausencia, simplemente para evitar un accidente.


Durante años, en la familia se habían turnado para que no saliera sola a la calle y, gracias a esa constante compañía, habían podido evitarse accidentes incluso graves, pues Pura se había quedado en alguna ocasión quieta y ausente en momentos muy inoportunos como frente al tranvía que se acercaba y la hubiese atropellado si uno de sus hijos no la hubiese cogido fuertemente del brazo para hacer que se moviera de allí y cruzase la calle antes de que fuera tarde. En algunas ocasiones, cruzando la calle se había quedado desorientada entre los coches, que por fortuna la esquivaron y su marido o el familiar que la acompañaba habían podido guiarla hasta el otro lado.


En la propia casa hubo que decidir que no se encargase de cocinar, ya que estuvo a punto de abrasarse al tener una ausencia con el aceite en la lumbre y tratar de agarrar la sartén metiendo la mano dentro.

 

Todo aquello era solo ocasional. No se repetía con demasiada frecuencia, pero había ido marcando la vida normal de Pura y en su matrimonio ya era cada vez más frecuente que no acompañase a su esposo a visitas ni actividades sociales o profesionales, pues podía provocarse algún incidente poco oportuno o desagradable que cada vez se hacía menos soportable para su marido.

 

Poco a poco, Pura se quedó relegada a salir de compras o de paseo con alguno de sus hijos, e incluso con alguna anciana pariente o alguna criada de la casa.


Los hijos se fueron haciendo mayores, y salir con sus amigos o novios hizo menos fácil el encontrar tiempo para ir de compras o de paseo con regularidad con Pura, de modo que ella se quejaba de su situación.

Por eso Rafa, su esposo, apareció una tarde con una conocida, que al estar viuda hacía años, le había comentado que pasaba mucho tiempo sola y que le vendría bien un trabajo sencillo, como de acompañante de alguien de confianza que le resultase grato y le proporcionase unos ingresos.

 

Rafa presentó a Rosa con esa misión, que no desagradó a nadie de la familia ya que garantizaba una compañía segura, de una persona conocida y de confianza para Pura.

Así tendría libertad para organizar sus salidas todas las tardes con alguien que conocía su problema y lo que debía hacer en caso de que ocurriese alguna ausencia.

La edad de Rosa era muy parecida a la de Pura, y aunque solo sabía de ella lo que le fue contando en sus salidas de las tardes, parecía que se llevaban bien pues Rosa era una persona educada con la que se podía charlar de todo y pasar ratos agradables.

Las primeras semanas Rosa se ciñó a la planificación que solía tener Pura en sus salidas: ver algunas tiendas, pasear por zonas cercanas, tomar algún refresco o un café a media tarde, hacer algunas compras de ropas o algún regalo recorriendo las tiendas que Pura conocía… Todo muy normal y con un orden que permitía que la familia estuviera relajada y contenta de haber encontrado esa solución para que Pura no se sintiese encerrada en casa.

Cuando volvía de sus paseos traía buena cara, estaba contenta, y comentaba con la familia los sitios donde habían estado.

Sus hijos fueron tomando confianza con la compañía que Rosa hacía a su madre, y se sentían menos estresados por esa obligación que tantos años habían sentido sobre ellos de acompañar, vigilar y cuidar de ella en sus salidas.

Los estudios, la universidad, sus amistades y compromisos, habían hecho que sus vidas evolucionaran y ahora ya no tenían tanto tiempo para estar en el momento en que su madre les requería para salir.


El hijo mayor, que era el que más se había ocupado de llevar y traer a su madre hasta ese momento, estaba en la universidad y además tenía novia, con lo cual sus horarios eran ya bastante imprevisibles para contar con él.


La segunda, que acudía a un taller de grabado y pintura para ampliar sus estudios de Arte, salía también con un muchacho que la recogía después de las prácticas para dar un paseo, y la hora en que llegaba a casa ya no era muy apropiada para salir de compras con su madre, como solía hacer hasta ese momento.

 

Los pequeños aun estaban estudiando. Los deberes del colegio les quitaban mucho tiempo y les agobiaba un poco tener que prescindir de horas en su poco descanso para acompañar a su madre por las tardes a dar sus paseos hasta la hora de la cena.

Todo parecía solucionado al haber encontrado a Rosa, que debía estar bastante contenta con un trabajo tan ligero y agradable que le proporcionaba una ganancia fija, que sin ser mucha, era un alivio a su paga de viudedad.

Poco a poco, Rosa y Pura fueron ampliando sus salidas, y en ellas fueron incluyendo a algunas amigas personales de Rosa, que se unían a las meriendas en lugares ya bastante más alejados del circuito conocido de Pura.




Ilustración 1- de Ana Menéndez



Algunas tardes Pura apenas comentaba dónde habían estado porque, sencillamente, ella no conocía exactamente esos sitios y era Rosa quien la llevaba y guiaba todas sus salidas.

Rafa estaba tan encantado con tener libertad total para sus citas de negocios y sus cafés con amistades de trabajo o conocidos con los que poder salir, que apenas preguntaba nada.

Se daba cuenta de que Rosa siempre estaba a la hora para salir con Pura, y que se ocupaba de todo lo necesario para esas salidas, fueran de compras, de meriendas o de reunión con las amigas de Rosa.


Nunca iban a visitar a ningún familiar de Pura, pero eso no extrañaba a nadie pues, en una ciudad tan grande, las distancias marcaban mucho las visitas familiares, y era más frecuente el que viniese algún familiar a casa de Pura y Rafa, por la costumbre de hacer algunas cenas familiares en su casa de vez en cuando.

Tampoco la familia de Rafa y de Pura era numerosa y solían llamar solo de vez en cuando por teléfono.

 

Los exámenes de todos los hijos hacían cada vez menos habitual el que se hablase en familia de lo que Pura hacía por las tardes, y el verla distraída con sus paseos y salidas les fue confiando, con esa tranquilidad de pensar que todo estaba bien porque Rosa era muy amable y sabía muy bien hacerse valer en la familia.

No había motivos para otra cosa que no fuese estar relajados y cada uno atender a sus asuntos.

Así fue pasando cerca de un año, sin muchas explicaciones sobre Rosa o su vida, más que las que le contaba a Pura en las meriendas con algunas de sus amigas, que a Pura le sonaban a presunción bastante falsa, pero que tampoco le daba mucha importancia.

La organización de las salidas de Pura hacía ya tiempo que era totalmente a gusto y decisión de Rosa, pero ella no tenía tampoco mucha gana de decidir cada día dónde ir.



Aquella tarde, cuando Rosa llegó, todo el mundo había salido y Pura estaba ya esperándola para el paseo.

Se veía a Rosa un poco misteriosa y dijo a Pura que quería darle una sorpresa, de modo que ella la guiaría a un sitio interesante que a Pura le pareció un cambio de la rutina de sus salidas.


Tomaron primero el metro hasta la Estación del Norte, que ambas conocían bien porque de allí salían los trenes hacia la sierra donde solían ir en verano.

En el vestíbulo de la estación, muy transitado a esa hora, todo era un ir y venir de viajeros, y Pura se agarró al brazo de Rosa para caminar con más seguridad en el trasiego de gente, bolsas y maletas.

El andén donde se dirigieron le resultó familiar a Pura, aunque de allí salían trenes para diferentes pueblecitos de la sierra, y pensó que seguramente la sorpresa y el misterio tenían bastante que ver con eso, pues las amigas de Rosa también solían viajar algunos fines de semana al aire puro y fresco de la sierra madrileña.

Rosa apresuró el paso porque el tren estaba a punto de salir, y ayudó a Pura a subir, para que no fuese a tropezar con los escalones.

Se sentaron y de inmediato el tren arrancó. Rosa miraba a su alrededor como si buscase a alguien, pero no dijo nada.

El tren comenzó su recorrido y ambas se pusieron a charlar de cosas del diario de la vida, para pasar el rato

 

Cuando pasó el revisor, Rosa le entregó los dos billetes para que los comprobase y le preguntó cuánto tiempo tardarían en llegar a la primera parada, pues allí sería donde bajasen. El revisor le informó que más o menos en 20 minutos, y siguió su camino pidiendo los billetes a los viajeros.

Pura se moría de ganas de saber dónde iban, y se sentía a la vez bastante nerviosa e incómoda por no saber los planes de Rosa y por no haber avisado en casa que iban a coger un tren, pero es que no había nadie a quien decírselo en casa cuando llegó Rosa para recogerla y además, con su aire de misterio, tampoco había dado pistas sobre el viaje sorpresa que había decidido.

Pura le preguntó un par de veces por el plan que tenía y si se reunirían con sus amigas o qué tenía planeado hacer y dónde.

Empezaba a sentir una cierta angustia y un poco de mareo, pero no dijo nada.


Rosa repetía que, en cuanto llegasen donde iban, ella lo reconocería enseguida y pasarían una tarde estupenda con gente conocida, aunque sin revelar quienes ni dónde.

Pura ya llevaba un rato sin hablar y estaba arrepentida de haber permitido que Rosa tomase una iniciativa tan absurda sin consultárselo, pero no podía hacer nada pues hasta que el tren no parase era inútil pensar en volver a casa.

La sensación de angustia y de mareo provocada por los nervios, le hacía moverse continuamente en su asiento y Rosa le preguntó si se encontraba mal o si quería ir al servicio.

Pura le respondió que estaba un poco mareada, y que iría al servicio un momento.
Se levantó y recorrió el pasillo del vagón, que traqueteaba bastante y le hacía agarrarse en los respaldos de los asientos mientras avanzaba.

Llegó a la puerta del servicio y ya no vio a Rosa, que cuando ella se levantó para ir por el pasillo, la había seguido para ayudarle por si tropezaba. Se volvió con inseguridad y no la vio. Se sintió rara, y dio la vuelta para abrir la puerta que separaba el pasillo de la pequeña zona donde estaba el servicio y la puerta de salida del tren

 

Los trenes de esa línea de cercanías, en aquella época de los años 60 tenían unas puertas de tipo plegable, eléctricas, que se cerraban automáticamente cuando el tren se ponía en marcha y que se abrían con un pulsador cuando el tren paraba en las estaciones, pero había algunas que no estaban en perfecto estado y tenían fallos de cierre y, al pulsar el botón estando en marcha, se entreabrían creando una gran corriente de aire y un peligro si alguien se apoyaba en ella.

Pura no supo exactamente si el tren se movía mucho o si una ráfaga de viento le hizo tambalearse, y en ese momento una pequeña ausencia, seguramente provocada por su nerviosismo, le hizo perder el control de su cabeza y de la realidad. La ausencia fue breve…. O tal vez no tan breve…..


Cuando el viento le azotó violentamente la cara, Pura se encontró apoyada en la puerta plegable del tren, con ella casi abierta, y a punto de perder el equilibrio y caer al exterior.

 


 

Ilustración 2- de Laura Vazval

Algo le impulsó a cogerse muy fuerte a una de las zonas flexibles, por donde se plegaban, y un sentimiento de pánico le dio fuerzas para despejarse de su ausencia y dar un paso atrás, en lugar del paso hacia delante que estaba a punto de dar.


La fuerza con la que se agarró le hizo centrar toda su mente desorientada en ese instinto de conservación, pero le pareció ver una sombra a un lado suyo que pasaba hacia la zona que comunicaba con el pasillo.


Respiró hondo y, tanteando para no tropezar, se dirigió al servicio que era donde iba a entrar cuando ocurrió ese inesperado problema de su ausencia.

Entró temblando y allí intentó reponerse un poco, aunque no recordaba más que ese golpe de viento y que cuando volvió a la realidad estaba delante de la puerta al exterior, con sus pies al filo ya de la plataforma, y con la puerta casi abierta, a punto de perder el equilibrio hacia el vacío.

No pudo evitar un escalofrío y las lágrimas le inundaron los ojos.

Había estado a un décima de segundo de dar ese paso fatídico, y nadie la hubiese visto, porque todo el mundo iba en sus asientos a ambos lados del pasillo y la puerta que separaba el pasillo y los viajeros de la plataforma pequeña donde estaba el servicio, no era visible al estar cerrada

 

De pronto alguien llamó a la puerta y preguntó con una voz muy alta y alterada.


--Pura, ¿Estás bien?. ¿Te ocurre algo? Estabas tardando mucho en volver y me he asustado. ¿Necesitas que te ayude

 

Era Rosa, muy alarmada por su tardanza, y que por lo visto no había venido con ella a acompañarla cuando se levantó para ir al servicio, a pesar de que iba un poco mareada.

Instintivamente Pura le contestó que estaba bien.


Salió del servicio y volvió a su asiento acompañada por Rosa, que se deshacía en disculpas por no haberla acompañado.

Al cabo de muy pocos minutos llegaron a su destino y Rosa, muy solícita, ayudó a Pura a bajar del tren sin dejar de preguntarle si se encontraba bien y si necesitaba algo.

La sorpresa de la tarde ya había quedado muy lejos y Pura ya no tenía muchas ganas de aventuras, de modo que tomaron unos churros en una cafetería cercana a la estación con las amigas de Rosa que estaban pasando unos días allí, y después de dar un paseo por el centro del pueblo, sin mucha gana, volvieron a coger el tren de regreso a Madrid.

 

Cuando llegaron a casa, Rosa le preparó una infusión y comentó a los hijos de Pura, que ya habían vuelto por ser la hora de cenar, que Pura debía haber cogido un poco de frío y se encontraba algo cansada, pero que lo habían pasado muy bien por la tarde tomando unos churros con sus amigas.

Cuando llegó Rafa, el marido de Pura, apenas se dio cuenta de la mala cara que tenía su mujer, y en cuanto cenó algo ligero, dijo que saldría con unos compañeros de trabajo para ver juntos unos proyectos tomando una copa en el centro.

Era mejor que Pura descansase abrigada y que durmiera pronto para que el catarro no le fuese a dar fiebre.

Nunca habían visto los hijos a su padre tan alejado y tan despreocupado por su madre, y cuando él se marchó lo comentaron entre ellos y fueron al dormitorio a ver cómo estaba Pura, para hacerle un poco de compañía.


Se la encontraron con una cara tan mala que les preocupó.
Ella decía que solo era cansancio, pero esa expresión no cuadraba con un simple cansancio ni un resfriado y, sentándose al borde de su cama le empezaron a preguntar lo que le pasaba.

Pura no era capaz de hilar bien sus pensamientos y su palidez preocupó a sus hijos.

 

El mayor miraba con una expresión de culpa por no haber estado algo más atento a su madre, y la hermana se acercó a su madre y se dio cuenta de que algo había ocurrido y ellos ni siquiera sabían lo que le estaba pasando porque estaban solo atentos a sus asuntos y habían olvidado lo que su madre necesitaba.

Cogió las manos a Pura y dulcemente la tranquilizó para que confiase en ella y contase lo que le ocurría.

Pura no se atrevía a relatar lo sucedido, porque había sido una irresponsabilidad suya haber ido a coger un tren sin saber a dónde, sencillamente manipulada por Rosa, sin haberse impuesto con sensatez para evitar cualquier percance. Y sin decir nada en casa.

Finalmente, con palabras entrecortadas y con un hilo de voz, les explicó lo que había pasado y su enorme susto al encontrarse a punto de caer del tren con la puerta medio abierta y sin saber cómo había podido pasar eso.


Ilustración 3- de Ana Menéndez

Sus hijos se miraron entre ellos y un gesto de gran preocupación se les dibujó en los ojos, aunque no dijeron nada.

Le pidieron a su madre que recordase sin prisa, sin miedo, con la mayor fidelidad posible de todo lo que le viniese a la mente. Los detalles fueron saliendo, poco a poco.

La reconstrucción, hecha entre todos sobre el relato de su madre, fue dejando al descubierto una terrible sospecha.


No le quisieron comentar lo que todos estaban pensando sin decirlo.

Le aseguraron que se ocuparían de que ella no tuviese que estar constantemente dependiendo de que una persona ajena la llevase por las tardes a pasear y a distraerse un poco, pero que descansara y durmiera que ellos lo arreglarían todo.

Cuando Pura se quedó dormida, los hermanos mayores empezaron a atar cabos sueltos.

Aquella amable señora que se ocupaba de salir todas las tardes con su madre era un perfecta desconocida… aunque la trajo su padre con muy buenas maneras, como una conocida suya.

 

Todos recordaron, de pronto, un montón de llamadas de teléfono en las que, al cogerlo ellos, una voz suave femenina preguntaba por su padre pero no dejaba recado.

El mayor había sorprendido una conversación de su padre en el despacho, muy enfadado por teléfono, diciendo que no le agobiase, que no podía ser lo que ella quería y que tuviese paciencia que recibiría dinero en breve. No le dio importancia, porque los negocios de su padre le ponían al habla con mucha gente, pero ahora…


Reconstruyeron el relato y el mayor, con una seguridad absoluta, dijo a sus hermanos:


-Mañana hablaremos con papá, pero sin contarle todo. Solo que Rosa descuidó a mamá y que ella estuvo a punto de caer del tren, pero sin más detalles. Papá debe despedir a Rosa, porque ya no nos fiamos de ella en absoluto.

 

Su hermana, muy seria y con lágrimas en los ojos, añadió:

-¿Os dais cuenta de que, si hubiese tardado mamá un segundo más en volver de su ausencia habría caído del tren en plena marcha? ¿Hay un crimen más perfecto que ese? Nadie hubiese pensado más que la puerta se había entreabierto por casualidad y que ella, estando cerca, había caído por el movimiento del tren. Un accidente muy desafortunado.


-No habría forma de que, estando mamá con una ausencia, hubiese pedido ayuda porque no se estaba dando ni cuenta, y tal vez, solo digo que tal vez, durante esa ausencia alguien pulsó el botón de la puerta y la abrió lo suficiente como para que pudiera caer alguien que estaba cerca.





Ilustración-4 de Laura Vazval

-Mamá estaba muy cerca porque iba al servicio…¿Quién nos asegura que no hubo una mano que la dirigió, durante esa ausencia, hacia la puerta entreabierta?


Una duda horrible se iba apoderando de los cuatro hijos, aunque ninguno se atrevía a expresarla con palabras.

 

¿A quién beneficiaría esa muerte?

Ninguno quiso pronunciar esas palabras que les helaban el corazón, y solo el futuro podía traer la explicación de esa pregunta, pero para eso habían de pasar meses o años. Y tal vez nunca lo supieran…

Original de Conchita Ferrando de la Lama
Publicado en Surcando Ediciona
(Todos los derechos reservados)



martes, diciembre 18, 2012

EL TIEMPO DE LOS NARDOS

El tiempo de los nardos



Dime que deseas
que llegue el tiempo de los nardos.
Dime que deseas
Respirar de mis colores.


Dime que deseas

perderte, azul, en mis abrazos.
Dime que deseas
soñar entre mis flores.

 
Dímelo, dilo y no lo calles
porque yo lo he callado
mucho tiempo.

 
Díselo al viento y a los mares
porque en ellos guardé
mis pensamientos.


Dime que deseas

que tu pecho huela a nardos.
Dime que deseas
sentir nuestros amores.


Dime que deseas

perderte, azul, en mis abrazos.
Dime que deseas
revivir dos corazones.

 

Original de Conchita Ferrando (Jaloque)

Todos los derechos reservados




sábado, septiembre 29, 2012

CANCIÓN DEL OTOÑO

Canción del otoño



Cómo te quiero y te quiero;

Cómo te busco en mi sueño;

Tanto te busco y te añoro

que de pena estoy muriendo.



Mis hojas son bronce rojo;

Mis manos son ocre seco;

Caen, tarde a tarde, en otoño

y luego las barre el viento.



Colores del arco iris,

Colores cobre en el cielo;

El sol se marcha muy pronto,

cubierto por el silencio.



Cómo te quiero y no estás,

Cómo te llamo en mi miedo;

Hojas secas del otoño;

que ya me están despidiendo.



Canción de ramas quebradas;

Doradas hojas del tiempo;

Acunan mi soledad,

mientras olvido tus besos.

*******

Original de Conchita Ferrando (Jaloque)
Todos los derechos reservados
Jaloque Creaciones



LÁGRIMAS DE LUNA, LUNA

Luna que en sus lágrimas esconde


el verde verde del trigo

Luna que en silencio me responde

oculta estaré contigo....



El sonido de las lágrimas parece gorgotear en el poema con sus notas moradas.

 
Bulle el agua subterránea y el reflejo de la luna se confunde con el cielo.

 
Boga la catalpa de fantasmas en la noche...

 

" Boga la sombra en barca de catalpas

buscando las orillas alumbradas

por ojos masculinos de luceros.

 

Avanzan los arcanos por la algaida

con máscaras de hierro.

El verde fuego de los lagos

se condensa en luciérnagas de niebla.."



( La noche del tiempo)

Libro "La Huella del Universo"

Conchita Ferrando de la Lama

jueves, julio 19, 2012

LA MATERIA DE LOS SUEÑOS



¿Qué misterio nos permite soñar?

¿En qué momento de la evolución del ser vivo saltó esa chispa?





No podremos nunca contestar esa pregunta, pero todos tenemos la sensación, innata en nuestros genes o nuestra conciencia, de que soñar es lo más parecido a un reflejo de ese “ser superior” que marca el origen de la creación del hombre como humano.



Nos acerca a lo divino o al menos nos recuerda que “algo” nos hace humanos.



Cuando somos capaces de imaginar… de soñar… nos salen alas en el cerebro, o en el alma, y nos llevan en su vuelo invisible hacia lugares que jamás podríamos ni presentir, pero que en ese momento son reales, alcanzables, maravillosos o dramáticos….



Todo es posible. Volamos al infinito.


Atravesamos en un latido la zona visible hacia la invisible….


Llevamos la claridad en nuestras alas y nos abrazamos a la zona oscura sin el menor temor, pues no hay más latido que el de nuestro sueño y el infinito nos permite jugar con las sombras y las luces….


Abre en ese momento sus alas la mariposa roja de los sueños…



La materia de los sueños se impregna del polvillo dorado de sus alas rojas de fuego y sol para llevarnos arriba, a lo alto; lejos… muy lejos de lo que arrastra la tristeza, la infelicidad, el desamor… y todo resplandece entre rojos y dorados luminosos…

 


¿Dé que está hecha la materia de los sueños?


Tal vez de misterio acumulado a lo largo de los cientos de siglos de la memoria del hombre….


Tal vez de un soplo divino del más allá que palpita muy cerca…

Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)
Todos los derechos reservados


domingo, junio 17, 2012

BOSQUES DE CHAMANES

Bosques de chamanes (hechizo de oropéndola)




No hay bosque sin leyenda.

Su espesura, su misterio de sombras y claros, sus intrincados caminos donde los pasos se pierden y las brumas borran el paisaje… todo invita a la leyenda.


Por eso, tantas veces la realidad se mezcla con el misterio y la leyenda, como en esos bosques azules, verdes y grises donde crecen las sabinas, coníferas de lisos troncos; las hayas, abedules, pinos negros, entre sombras y el recuerdo de la brisa del lejano mar.


Templados bosques boreales; catedrales de altos fustes de centenarias coníferas; refugio de pequeñas aves, de fauna que se esconde entre sus frondas…. Casi sin cielo que señale soles o nubes.

Bosques sagrados de setas mágicas… India, Siberia, Escandinavia, Letonia , América, España ; Gredos; Moncayo; Pirineo; Reino Unido; Gales…


Por uno cualquiera de estos bosques se adentraba, absorto en pensamientos teñidos de misterio, un caminante alto y delgado, casi como el flautista de Hamelín, con su cuaderno de apuntes bajo el brazo, escribiendo sus impresiones meticulosamente, buscando los hechizos que ya buscaron druidas milenarios y que continuaban allí escondidos, solo para iniciados.



Prados muy verdes, bosquecillos de quejigos, pequeños cerros moteados de pino negro , cañadas y espesura de hayas y abedules atraían poderosamente su atención de escritor y científico, como si buscase algo muy concreto y oculto a la vista de quien pasara por allí sin saber dónde buscarlo.



De vez en cuando se agachaba para mirar en alguna zona donde templaba el sol, bajo ramas de helechos que tapizaban el suelo.


Llevaba su lupa y su bolsa-mochila para guardar los tesoros que encontrase.


Setas mágicas; tesoros ocultos para los no iniciados, pues desde siglos atrás eran ya sabidos y conocidos por sus propiedades, pero que requerían de una ciencia casi exacta par poder hacer uso de ellos sin peligro grave para sí mismo o para los demás.


Por eso fueron los sanadores, o los sacerdotes y druidas de pueblos ancestrales, guerreros o dominadores, quienes supieron calcular el poder de esos frutos ocultos. El poder de los bosques de chamanes y hechiceros.










Los cuentos y leyendas nacidos a través de estos frutos secretos del bosque crearon mil personajes, a veces encantadores, como los enanitos que viven en las setas de sombrerito rojo con pintas blancas, o a veces elfos inquietos, o pequeñas y malvadas brujas .



Todos eran personajes de cuento, de fábula, mitológicos, pero al tiempo un modo de poder encubrir una realidad presente en toda época de la historia de los pueblos, destinada a ser ocultada o susurrada en voz baja en círculos de iniciados, a la luz de la luna, en reuniones de aquelarres o en sesiones de “viajes astrales” que incluso podían ser solo de ida, si no eran propiciados por expertos.



Aquel caminante entendía de todo aquello y buscaba solo en lugares muy especiales.


En su mano un cuaderno con apuntes de nombres en latín, de expertos micólogos, y algunos dibujos hechos por él a plumilla de preciosas “setas de los enanitos”, las del sombrerito rojo y pintas blancas.


La Amanita Muscaria, también llamada “oropéndola” o “matamoscas”: seta de otoño que contiene un potente alucinógeno “enteógeno”, que no mata pero pone al borde de la muerte por vómitos, mareos y dolor.



Los expertos de siglos atrás ya supieron “dominarla” en sus trances para adivinar el porvenir, hacer predicciones y vaticinios, o explorar el lado desconocido del misterio, en viajes astrales que les conferían poder ante los pueblos y eran elevados a la categoría de chamanes, sacerdotes, augures y druidas por las gentes sencillas que no tenían la preparación ni el conocimiento de esos secretos de la naturaleza, puesta en contacto con “lo divino y misterioso”.



Nuestro experto visitante del bosque de abedules, sabinas y quejigos, tomando sus lentes para poder estudiar mejor un conjunto de rojas y fascinantes setas rojas, se agachó sobre aquel conjunto de preciosas “casitas de los enanitos” dignas del más fantástico relato nórdico, enfrascado en sus pensamientos de escritor……



En ese momento le pareció escuchar un susurro lejano, como un lamento procedente de un claro del bosque de abedules.


Se levantó y se dirigió hacia donde venía aquel lamento extraño….







Podía confundirse con el viento de otoño entre las ramas, pero no.



Era una bellísima "Amanita Muscaria", caída entre las hojas secas, quien lloraba amargamente.


Ni el resplandeciente color escarlata de su sombrero, ni la blancura de sus laminillas radiales bajo el mismo, ni la tersura de su talo, bastaban para hacerle feliz.


Algo terrible le había ocurrido.







" Alguien ha cambiado el cuento - se quejaba - y ahora estoy aquí, abandonada, mientras Alicia corre por los caminos de detrás del espejo, mordisqueando trocitos de mi carne, creciendo y creciendo por encima de los abetos, o encogiéndose hasta desaparecer entre las flores del prado, persiguiendo a ese absurdo Conejo Blanco, sin saber que soy yo, la Oropéndola loca, quien llena de vértigo y aventura su historia."

Lloraba y lloraba la “oropéndola” y, cuanto más se quejaba, más roja y luminosa aparecía su pamela, inundando el bosque con su luz.


" Si al menos alguien le dijera a la Oruga que fuma en pipa que avise a Alicia... Hay que devolverme al cuento porque si no, cuando aparezca la Reina de Corazones dirá : ¡Que le corten la cabeza al intruso que ha cambiado la historia ! "

Entre las copas de los árboles aparecieron unos enormes cristales redondos enmarcando unos ojos malhumorados inclinándose sobre la Oropéndola, y con voz alterada concedió:


"¡Está bien "matamoscas!. Deja ya de gimotear. El Conejo Blanco llevará un ramo de flores blancas mágicas, y Alicia encontrará a la Oruga fumando su pipa sentada sobre tu hongo rojo .


A ver cómo te las arreglas para dosificar tus efectos maravillosos y sacarla del lío en que se va a meter. Resulta muy interesante meterse a "chaman" sin saber dominar la ciencia milenaria de la micología "

(Seguramente Lewis Carroll tampoco estaba muy seguro de cómo sacar a Alicia de aquella aventura que acababa de escribir, situándola en el País de las Maravillas, sin revelar ciertos secretos valiosos acerca de los enteógenos)


Cogió su bolsa el escritor caminante, con los ejemplares que había recolectado en el bosque, y emprendió el camino de regreso concentrándose en no olvidar su encuentro de aquella tarde, y dispuesto a escribirlo en cuanto llegase a su casa… aunque desde luego teniendo muy en cuenta que no debía mostrar lo que sabía, y sin olvidar la queja de la preciosa Amanita Muscaria ….






Relato original de Conchita Ferrando de la Lama
Ilustraciones de Rafael Mir
Todos los derechos reservados

Publicado en Surcando Ediciona Word Press


(Jaloque)


viernes, febrero 24, 2012

A TODOS MIS AMIGOS Y LECTORES



No tengo otro modo de comunicarme con todos vosotros más que este rincón apacible y seguro de mi Blog La Torre de Sola.


Quiero haceros saber que mi Web principal, que la mayoría conocéis, Jaloque Creaciones.com lleva varios dias sin funcionar, por haber sufrido un ataque que está en investigación.


Se podría tratar de un ataque al servidor Aruba, donde está alojada la web, y estarían afectadas cientos de páginas, o tal vez un ataque de hackers a mi página en particular.


Eso lo están investigando ahora.


No creí ser tan importante como para que alguien se tome la molestia de montar un ataque tan grave contra mi web.... aunque las opiniones que recibo inciden en el muy alto número de visitas que tengo allí a diario y lo bonita y estética que es toda la web y los contenidos tan variados y tan agradables que subimos alli, no solo yo, sino también todos los participantes que están allí conmigo.


NADA se ha perdido en cuanto a los muchos contenidos de muy variados TEMAS, de Foros y de Blogs.


Todo está a salvo en unas copias de seguridad, que volverán a poner todo en su sitio en cuanto cese este mal asunto.


Os pido que no penseis que mi Web principal ha sido ni borrada ni eliminada, en absoluto.


Está siendo víctima de un ataque de hackers y se va a solucionar.


VOLVERÉ A TENERLA TAL COMO ESTABA, EN BREVE


Un saludo con todo mi afecto, y gracias por ser mis lectores y amigos


JALOQUE


Conchita Ferrando de la Lama


sábado, enero 07, 2012






El Villancico antiguo

(Navidad)

Ilustración de Jordi Ponce


Manuel, el pastorcillo, cuidaba sus ovejas en un cerro cercano a un pueblo pequeño de la sierra. La tarde era fría, pero el sol todavía alumbraba los campos.


Manu era un chico muy alegre y se entretenía jugando con su perro de raza ovejera, de pelo brillante muy negro y pecho muy blanco, puro nervio, observador y saltarín. Le tiraba palitos para que Boro corriese a cogerlos. Con él se encontraba muy bien acompañado en aquel paraje solitario.


El cielo se iba poniendo rojizo, luego morado y, en pocos minutos, la luz desapareció como si un lobo se la hubiese tragado.
El perro fue a acurrucarse cerca del chico y le miró con sus ojos húmedos, cálidos y profundamente oscuros que indicaban absoluta nobleza hacia su amo: amor sin fronteras de un “Collie de la Frontera” (Border Collie)
El frío era ya intenso. Manu puso en marcha el rebaño, con la ayuda de Boro, que ladraba y corría en círculos, controlando a las ovejas para conducirlas al redil, situado junto a la pequeña cabaña que dominaba el cerrillo.
Soplaba, frío y oscuro el viento Norte, profundo y desolado como el páramo castellano.
Envolvía con su mano de cristal añil toda la pureza del vacío, al filo de la noche, y traspasaba el alma.

Mientras caminaban hacia allí se oyeron, lejanas pero muy claras a través del aire limpio y transparente, las notas del carillón de campanas del pueblecito cercano. Era la melodía de un viejo Villancico castellano…..


“Ya se van los pastores a la Extremadura,
Ya se queda la sierra triste y oscura
Ya se queda la sierra triste y oscura.”……

Mensaje directo al corazón de pastores castellanos.
Gentes del invierno, unidas al paisaje, que aun guardaban restos de polvo del camino trashumante, llevando sus rebaños en busca de pastos, a través de la muy ancha Castilla.
Tiempo frío en que se añoraban los afectos.
Tiempo en el que el clima adverso aislaba en un paisaje duro y solitario, privado de luces y festejos.


Silencio….


Sin saber por qué, Manu pensó en aquellos pastores.
- La Navidad se acerca- pensó en voz alta el pastorcillo- y ese Villancico dice que ellos se marchaban lejos de sus casas, en esas fechas…


- ¿Tal vez yo tendré que marcharme cuando sea algo más mayor?
El tañido de campanas del reloj carillón seguía desgranando las notas de aquel desolado y antiguo Villancico.


Manu sintió un escalofrío.
El contraste de los símbolos reavivaba el rescoldo.
Era la llamada a los seres queridos que el pastor dejó atrás, a resguardo durante sus marchas invernales, para poder volver con provisiones que aliviasen sus carencias.
Para ellos era el acorde, oscuro como la noche, frente al chisporroteo de la hoguera, para espantar el frío de la sierra.
Un poco de calor humano junto al fuego, evocando el olor y el sabor de los dulces caseros o el gozo de la infancia lejana.
No hay sentimiento de unión más antiguo y más fuerte que el de encontrar unas manos que coger en medio de la soledad.
Poder llevar el muérdago de bienvenida, la leña del hogar, los cantos del aguinaldo o la luz de la Navidad, ocultos, muy apretados contra el pecho, como una candela bajo el fanal, haciendo de ellos un tesoro único y personal.
El sonido de un canto popular vibrando en el carillón, hundiendo sus raíces en lo más profundo del alma, abrazando lo que de eterno tiene el hombre.


Silencio….


El perro inclinó la cabeza hacia un lado y levantó un poco una de sus orejas sin perder de vista a su amo que se había puesto serio de pronto.
Intentó darle con la patita en la pierna para llamar su atención.
Ya había dejado las ovejas bien guardadas en el redil, y esperaba una caricia de aprobación junto a la hoguera que Manu había encendido en una esquina de la cabaña, sobre una piedra grande y plana, para calentar la cena.


- ¡No pasa nada, Boro! – reaccionó animoso Manu al ver la expresión del perro- ¡Tranquilo! Nosotros estamos bien, cerca de nuestro pueblo, aunque no podamos ir a comprar turrones ni a cantar con los otros chicos por las calles en Nochebuena.
El perro movió la cola con gran fuerza y velocidad. Sabía que su amo no se encontraba solo estando con él. Algo se le ocurriría para pasarlo bien los dos juntos en Navidad.


- Mira- le explicó Manu- Esta cajita que me trajo mi hermano Toño cuando vino con permiso de la mili, es un teléfono móvil, por si me ocurriese alguna emergencia.
Boro miró aquella “cosa oscura”, olfateándola sin comprender qué interés podía tener algo que no se comía.
¿Sabes lo que vamos a hacer?- preguntó el chico mientras Boro inclinaba más y más su cabeza de lado, concentrado en su gesto interrogante- ¡Mira!
Manu tecleó algunos números en el aparatito.


Ilustración de Jordi Ponce



Unos sonidos misteriosos acompañaban cada cifra que pulsaba.
Aquello tenía un aspecto extraordinario porque a su amo se le habían puesto los ojos chispeantes, y el perro le imitó de inmediato.
Su mirada cálida y húmeda se iluminó.



¡Oiga! – habló Manu por el aparatito- ¿Es la emisora de radio? Soy Manu, el pastor. Tengo 10 años y estoy en mi cabaña con mi perro, al cuidado de las ovejas. Me gustaría que, en Nochebuena, dijeran ustedes por la radio que me llamen otros chicos a mi móvil, para contarnos cosas divertidas. Así me sentiré más acompañado… ¡Vale, muchas gracias!



Boro movió el rabo con fuerza.
Le gustaba ver a Manu tan animado, aunque no entendiese muy bien qué geniecillo del bosque encerraba aquella cajita oscura y alargada.
El asunto era que su dueño estuviese feliz, porque de ese modo él también lo estaba, y no había que buscar más explicaciones.



- ¡Ven aquí Boro!- llamó el pastorcillo, acariciando la cabeza de suave pelo del perro- Vamos a tomar un poco de sopa caliente, que mañana con el alba tenemos que salir con las ovejas.



La noche era fría, oscura y desapacible presagiando la nevada.
Al fondo se oía balar a las ovejas en el redil.
El viento soplaba fuera racheado, pero en la cabaña calentaba el fuego.
Manu compartía con su perro un jarrillo de caldo caliente y espeso, una buena porción de pan de hogaza y unos trozos de queso fresco. La vida era maravillosa para los dos amigos.

La Nochebuena traería muchas, muchas voces de aliento, risas, sorpresas y compañía. De eso estaban seguros Manu, el pastor, y su perro Boro.
A las doce de la noche, cuando el silencio cubría los campos y caían los primeros copos de nieve, el carillón volvió a tintinear en la torre de la iglesia del pueblo las notas del viejo Villancico.



……” Ya se queda la sierra triste y oscura,
Ya se queda la sierra
triste y oscura…….”



Ahora, sin saber por qué, el eco de aquella música traía unos sonidos muy dulces.
Reflejaban en el canto navideño toda una carga de promesas para aquel niño que dormía, sonriendo, en la cabaña de piedra cubierta por el manto de la nieve, mientras su perro ovejero vigilaba en su puerta, atento a cualquier peligro que pudiera acechar a su dueño y sus ovejas.



******************************
Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)-


Publicado en Surcando Ediciona Word Press