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domingo, marzo 16, 2014

LA MUERTE SÍ AVISÓ

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor. 

 La muerte si avisó.

 El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas. 

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

 Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida. Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas. Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa. 

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa. Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización. 

Ilustración de Rafa Mir 

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol. Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar. Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse. El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz. 

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados. 
 Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror. Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar. “¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.” 
 Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror. “Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar. “Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. 
Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación. Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.
 Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño. “Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.” 
 Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho. Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar. Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla. 

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse. El día era tan soleado que Santi le gastó una broma: “Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente. Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”
 Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos. Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más asientos cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

 Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi. “Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa. “¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo” “Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?” Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante. 

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso. En el desayuno Santi fue a por algo. Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito. Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa. Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada. 
Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme. “Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos. “¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto. “¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.” 

 Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario. A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban. 
El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos. No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.
 Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa. Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío. Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto. 
 Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

 A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender. El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades. Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario. Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….
 Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. 
 Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos. Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces. Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.
 Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital. Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía. 
Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”. 
Esta vez sería una más, pensó Lorena. El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos. Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida. Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

 En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado. En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase. Lorena se quedó fuera, sola, esperando. Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos. Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios. Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante. 
Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave. Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. 
Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle. Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia. “Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

 A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.
 Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….
 Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar. Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio… 
Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?
 Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

 (Basado en hechos reales) 
 Original de Conchita Ferrando de la Lama

sábado, junio 22, 2013

VERBOTEN ( prohibido )- Relato-

Verboten. ( prohibido)
Relato

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama
Publicado en Surcando Ediciona Word Press
Ilustración propiedad de Paloma Muñoz


Fue difícil saber porqué aquel joven alemán, alto, rubio y fuerte, se había convertido en un apasionado fan del rocanrol de los años 60.

Igualmente difícil imaginar que ese mismo muchacho, pocos años después, cuando todo parecía indicar que elegiría para su futuro la música rock o el deporte de competición, desaparecería de nuestro entorno de amigos, enviado a Alemania para estudiar y convertirse en Ingeniero Nuclear… pero es que todo en la historia de nuestro amigo Jens era así de especial, contradictorio, e incluso bastante misterioso.


Nos conocimos en la infancia, casi adolescencia, con 11 años. Todos los veranos los pasábamos en un bonito pueblo de la sierra de Madrid.
Sus padres tenían allí un chalet de estilo alpino que llamaría la atención de cualquiera si no fuera porque quedaba semioculto tras un pequeño bosque de abetos de su jardín.
Como éramos casi niños, nuestros primeros contactos fueron cuando jugábamos en una zona abandonada, intrincada, semisalvaje, de difícil acceso que separaba los chalets de la colonia de veraneo del resto del pueblo.
Formábamos un grupo de amigos veraneantes que año tras año pasábamos allí las vacaciones, deseando que llegase el verano para jugar juntos y vivir “excitantes aventuras” en esa zona relativamente cercana a nuestras casas, pero tan diferente que permitía imaginar que todo podía ocurrir allí, entre aquella vegetación tupida, descuidada, con enramadas que se entrecruzaban entre senderos intransitables, con zarzas y arbustos recrecidos, que parecía un laberinto donde apenas el sol traspasaba el túnel de vegetación, donde la emoción era el riesgo de extraviarse, el de posibles picaduras de escorpiones y otros bichos, pero eso era lo que lo hacía tan atractivo para nosotros.
Nos reuníamos entre 10 o 12 amigos, que fuimos creciendo desde los 10 años hasta los 18, transformándonos de niños en adolescentes. Allí nos llamaban cariñosamente, “la pandilla de los biberones”.
Jens era el mayor, con poca diferencia. Tenía otros tres hermanos, pero eran todavía pequeños para venir en el grupo y solo uno de ellos, Klaus, se nos uniría años después.
Jens era alto, rubio, de ojos azul muy intenso, serio y de pocas palabras. Tenía una bien ganada fama de “soso” y cuando nos fuimos haciendo mayores y comenzaron nuestras primeras reuniones caseras, en las terrazas o jardines de las casas de unos y otros, para aprender a bailar, le pusimos el mote de “el pararrayos”, por su estilo tan teutónico que solo era capaz de defenderse con el vals.


Hasta que un día llegó aquella ola imparable a nuestro país, llamada ROCK AND ROLL.


Nuestro amigo pareció despertar de su letargo musical y se convirtió, en solo tres meses, en un auténtico entendido y fan de aquella revolución musical, sobre todo en su versión menos dura y más melódica, llegó a dominar los estilos, biografías y discografía de los grandes ídolos, empezando por Elvis hasta Freddy y Los Diamonds.
Su carácter se hizo más accesible y menos hermético. Se unía a todas las excursiones del grupo; era amable y protocolariamente educado con las chicas; nos sacaba de apuros cuando, en alguna excursión, alguna se quedaba enganchada entre las zarzas y espinos de nuestro pasadizo salvaje, al que llamábamos “el bosque del miedo”, donde seguíamos buscando aventuras y no se sabe qué tesoros fruto de nuestra desbocada imaginación, deseosa de emociones, a la espera de que alguna fiera terrible surgiese de allí el día menos pensado.
Pero… había algo que no había cambiado en absoluto en esos años: El misterio que rodeaba su casa, aquel precioso chalet alpino semejante a un “nido de águilas” al que nunca éramos invitados por sus padres, procedentes de Alemania, donde la guerra había dejado una dramática huella, como país hundido, dividido y en ruinas, que nunca doblegó su orgullo ante los vencedores.


Sus padres eran un misterio para nosotros. Nunca supimos en qué bando estuvieron y tampoco las circunstancias de su venida a España ni el motivo.
Nunca salían a pasear por el pueblo, ni se relacionaban con los otros veraneantes. Eran tan serios y herméticos como Jens….
Alguien comentaba que el padre había sido piloto de las fuerzas aéreas en Alemania, y otros que había tenido una importante industria allí… pero nada era seguro.
Era inútil tratar de sondear a Jens ni a su hermano Klaus, que se unió a nuestro grupo unos años después.
Entre nosotros nos inventábamos toda clase de historias imaginarias sobre la familia de Jens: Persecuciones, huídas a veces con los nazis detrás, otras como oficial de las SS, otras como espía amenazado y buscando refugio lejos de su país…Todo sin datos fiables, solo influidos por el misterio de aquellos padres que se mantenían siempre aislados, sin buscar amistades entre los demás veraneantes, desde hacía años, sin que nunca nadie fuese invitado a aquel precioso “nido de águilas” estilo alpino.
Jens fue ganando puntos con su afición apasionada por el rock, y se fue implicando en esa nueva filosofía de vida que llegaba con esa música fuerte y vibrante.
A los 16 años le regalaron una guitarra y eso le hizo feliz totalmente. Ahora podía tocar y emular a sus ídolos del rock.
Se convirtió en la cara opuesta de lo que siempre había sido. Ahora “el pararrayos” era el ídolo de todas las niñas veraneantes.
En los guateques que se organizaban en casa de los amigos del grupo y de otros grupos que se habían unido al nuestro, Jens era la estrella indiscutible, adorado por sus fans, que ya eran muchas.
Lo curioso era que nunca solía bailar aquel ritmo vibrante que a todos nos enloquecía, a pesar de que él era capaz de dominarlo e incluso recrear con su guitarra versiones propias. Se quedaba siempre un poco distante, rasgueando su guitarra, cantando, casi en trance para sí mismo… o para quien él eligiese.
En su grupo de siempre, más bien pequeño, le podíamos encontrar siempre cercano, feliz, con una sonrisa que casi nadie más podía ver. Incluso las chicas del grupo tuvimos la suerte de que nos dedicase alguna de sus composiciones de rock con nuestro nombre.
Se estaba convirtiendo en un compositor selectivo y eso le hacía aún más atractivo.
Al verle allí, tan cercano, tan gentil, en alguna ocasión intentamos que se abriese y nos hablase de su origen, de su familia, de su país…
Entonces todo cambiaba. Se ponía muy serio, cogía su guitarra y le arrancaba las notas más emotivas y sentidas que nunca habíamos escuchado, cantando con su voz “teutónica” la célebre canción de Elvis Verboten (prohibido). Era casi un lamento, rasgado en un rock lento y profundo.


Ilustración de Paloma Muñoz

Al oírla, todavía, pasados tantos años, se nos viene a la memoria aquel tiempo de adolescentes y aquel “bosque del miedo” que cruzábamos, como en un camino iniciático, todos cogidos de la mano para no desorientarnos ni extraviarnos, con la sensación del paso por lo desconocido, entre aquellas ramas que crecían impidiéndonos el paso, con zarzas que nos arañaban brazos, piernas y caras, pero siempre sin soltarnos de la mano.
En varias ocasiones nos sorprendieron tormentas, de esas tan propias de la sierra, con gran aparato eléctrico de truenos y rayos. Si nos encontrábamos a medio camino de ese bosque, no había otro remedio que seguir hasta la salida, pues había la misma distancia en ambas direcciones.
Una vez cayó un rayo tan cerca que nos tiró al suelo. El peligro era real y “el bosque del miedo” nos lo recordaba en cada momento.
En una ocasión en que se desencadenó una de esas terroríficas tormentas, Jens nos fue guiando por un atajo que él conocía, que llegaba hasta una pradera al final del pueblo, pero una vez que llegamos a ese punto, al descubierto, nos mandaba que siguiésemos solos, muy deprisa, hacia nuestras casas, pues pensábamos todos que como era tan alto, “el pararrayos” atraería alguna “chispa” de la tormenta y moriríamos todos si íbamos junto a él.
Nunca supimos si aquello era científico, pero él nos mandaba alejarnos y aguardaba a que estuviésemos a salvo, en aquella zona de de vegetación silvestre, donde nadie sabía lo que podía pasar.
Aquellos veranos vimos caer muchos rayos muy cerca, incuso hasta acostumbrarnos y perderles el pánico que nos daban, pero siempre imaginábamos la figura alta, rígida, erguida de nuestro amigo “el pararrayos”.
Era tan contradictorio, con aquella figura y, sin embargo, con esa voz tan comunicativa y arrolladora cuando cantaba, cien por cien roquero, que todos dimos por seguro que su futuro estaría en esa música, y que llegaría, como él deseaba, a emular al gran Elvis, en Estados Unidos, cuando fuese allí a estudiar como él pensaba.
Difícil imaginar entonces que un verano Jens no estaría, como siempre, en nuestro pueblecito de la sierra.
Su hermano Klaus se encargó de confirmar que lo habían enviado sus padres a Alemania a estudiar Ingeniería Nuclear.
¡Nos quedamos de piedra!

¿Y su amor por el rock?Klaus zanjó la cuestión y todas nuestras extrañezas e interrogantes diciendo:

¡Verboten!

"Era lo decidido desde siempre.”

Siempre esperamos saber algo de nuestro amigo “el pararrayos” superestrella del rock, pero no logramos saber de él.
Tal vez, en los viajes espaciales que tanto revolucionaron al mundo…. sonaría música de rock para los astronautas.. Tal vez, solo tal vez, compuesta para ellos por nuestro amigo Jens,el ingeniero nuclear rokero, tal y como compuso algunas de esas canciones especialmente para nosotras, sus amigas del grupo del “bosque del miedo”.
Al fin y al cabo, el espacio también es un “bosque del miedo”, y la música de rock un buen modo de relajar ese miedo y ver las estrellas como algo tan hermoso como nuestras reuniones de juventud oyendo a nuestro rokero tocar sus composiciones, a pesar de las tormentas, los truenos y los rayos…. Pero eso sigue siendo Verboten para nosotros.



Relato original de Conchita Ferrando de la Lama
(Asociación Nacional de Escritores)
Jaloque Creaciones





sábado, septiembre 29, 2012

CANCIÓN DEL OTOÑO

Canción del otoño



Cómo te quiero y te quiero;

Cómo te busco en mi sueño;

Tanto te busco y te añoro

que de pena estoy muriendo.



Mis hojas son bronce rojo;

Mis manos son ocre seco;

Caen, tarde a tarde, en otoño

y luego las barre el viento.



Colores del arco iris,

Colores cobre en el cielo;

El sol se marcha muy pronto,

cubierto por el silencio.



Cómo te quiero y no estás,

Cómo te llamo en mi miedo;

Hojas secas del otoño;

que ya me están despidiendo.



Canción de ramas quebradas;

Doradas hojas del tiempo;

Acunan mi soledad,

mientras olvido tus besos.

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Original de Conchita Ferrando (Jaloque)
Todos los derechos reservados
Jaloque Creaciones