domingo, marzo 16, 2014

LA MUERTE SÍ AVISÓ

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor. 

 La muerte si avisó.

 El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas. 

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

 Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida. Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas. Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa. 

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa. Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización. 

Ilustración de Rafa Mir 

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol. Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar. Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse. El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz. 

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados
 Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror. Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar. “¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.” 
 Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror. “Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar. “Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. 
Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación. Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.
 Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño. “Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.” 
 Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho. Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar. Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla. 

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse. El día era tan soleado que Santi le gastó una broma: “Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente. Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”
 Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos. Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más asientos cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

 Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi. “Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa. “¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo” “Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?” Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante. 

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso. En el desayuno Santi fue a por algo. Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito. Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa. Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada. 
Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme. “Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos. “¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto. “¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.” 

 Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario. A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban. 
El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos. No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.
 Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa. Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío. Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto. 
 Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

 A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender. El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades. Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario. Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….
 Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. 
 Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos. Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces. Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.
 Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital. Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía. 
Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”
Esta vez sería una más, pensó Lorena. El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos. Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida. Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

 En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado. En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase. Lorena se quedó fuera, sola, esperando. Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos. Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios. Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante. 
Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave. Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. 
Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle. Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia. “Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

 A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.
 Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….
 Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar. Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio… 
Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?
 Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

 (Basado en hechos reales) 
 Original de Conchita Ferrando de la Lama

martes, noviembre 05, 2013

EL VIENTO DEL LOCO (Relato)

Publicado en Surcando Ediciona Word Press
Autora: Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)
Ilustración de Paloma Muñoz
Todos los derechos reservados


EL VIENTO DEL LOCO

El sol era tibio en febrero.


Para aprovechar la hora de la siesta, Teresa daba una cabezadita en la hamaca del jardincillo trasero de la casa, en un pueblecito de la zona del Mar Menor.

Teresa ya no era tan joven como cuando llegó a aquella preciosa casa, grande y lujosa, con un jardín lleno de plantas y arbolado, que llevaba por nombre en su fachada “La Casa del General”.



El frío le calaba ahora los huesos con el viento desagradable y racheado del norte. Se metió dentro de la casa y encontró un periódico en la consola de la entrada con un titular que la dejó inmóvil:



“Aparece ahorcado un famoso constructor de la zona

en una casa del campo medio derruida”



Teresa buscó con afán el nombre de ese constructor y una multitud de recuerdos le llenaron la memoria.



¡Cómo puede ser que la vida dé tantas vueltas!

El viento parecía haber hecho una anónima justicia tras muchos años… La vida siempre nos sorprende.



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En la zona costera mediterránea los vientos marcan la vida y las actividades de las gentes, que ya los conocen.

Les dan nombres tan poéticos como viento levante, viento maestral, viento leveche o viento jaloque por la orientación de donde soplan y por los beneficios o destrucciones que provocan cuando soplan con furia.

Las consultas de los médicos de los pueblos de la costa saben de pacientes con dolores intensos de cabeza, mareos, cambios de humor, accesos de ira etc… cuando soplan algunos de ellos, como el leveche o el maestral.



Cuenta la historia que uno de estos vientos, en la época en que soplaba con furia, lograba unos fuertes reflujos que retiraban el agua de algún mar interior y que, de los pescadores que los conocían, aprendió Escipión la época y momento oportunos en que este reflujo dejaba poco profundo el mar interior de Mandarache, que protegía por la espalda la ciudad de Carthago Nova, lo que permitía durante unas horas vadearlo sin perder pie. Esto facilitó su ataque inesperado a la ciudad a través de ese mar de Mandarache y poder conquistarla por sorpresa.



Alguno de estos vientos es muy benigno y buscado por los navegantes, como el viento de jaloque, que es fresco y sopla suavemente al atardecer, de procedencia sudeste, por lo cual ayuda a los navegantes a llegar a puerto.

Dicen, y esto es leyenda, que el jaloque con su suavidad fresca y dulce inspira a los poetas, pero esto es leyenda… o tal vez no solo leyenda.



El viento maestral, por el contrario, sopla procedente del noroeste, y siempre es bronco.

Cuando sopla siempre ocurren desgracias, sobre todo en las mentes que están un poco desequilibradas, provoca su delirio, incluso su locura, por lo que los crímenes y los suicidios no son raros en esos momentos. Al maestral por allí le llaman “el viento de los locos”

Eso lo saben muy bien los jueces que tienen que ir a “levantar” los cadáveres, incluso de dos en dos o de tres en tres en el mismo día, cuando sopla el maestral.



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Era una época muy conflictiva y complicada, de transición del boom del ladrillo, cuando las construcciones crecían como setas en las playas de esa zona, con toda la especulación y los negocios opacos, sucios e incluso delictivos que llevaban consigo estas urbanizadoras salvajes, que nacían, construían y desaparecían tras sus negocios opíparos sin dejar más que amontonamientos de casas y destrucción de parajes naturales.



Juan era uno de estos especuladores que, de ser un simple albañil de chapuzas, pasó a ser un contratista constructor y promotor de casas en las playas cercanas, y luego a ser un afamado hombre de negocios basados en dinero negro, trampas, engaños y fraudes con los materiales de las casas que fue construyendo acá y allá.

Todo pareció sonreírle. Se hizo rico y comenzó a hacer ostentación de su riqueza, aunque cada vez era peor persona.

Construyó sin permisos, en terrenos prohibidos pero que estaban cerca del mar y se vendían fácilmente a incautos.

Las costas del sur y el Levante español han sido y son una buena muestra de este modo de actuar.

Su casa, un chalet al estilo Hollywood, enorme, de varios pisos, con jardines, césped con regadores (en un sitio donde escaseaba el agua), tenía habitaciones enormes donde los invitados entraban y salían sin casi conocerle y donde su familia gastaba y gastaba sin preocuparle el día de mañana.

Cada casa donde se mudaba a vivir era mayor y más lujosa que la anterior.

En ellas no podía faltar una gran piscina, con adornos bien horteras alrededor y, siempre, con un trampolín. En cada nueva casa el trampolín era más y más alto. Como decía él: “para llegar al cielo”.

Las gentes de los alrededores, que le conocieron de albañil de chapuzas, le llamaban Manolo “el trampolín”.



Sus deudas iban siendo cada vez mayores que sus ganancias, pero él se sentía superior a todos los bancos y sus avisos de embargos, a sus acreedores, a quienes ya no se fiaban de él, a quienes le denunciaban por fraudes y delitos… a todos.



Llegaron los embargos, los juicios, la caída de la época del boom del ladrillo, la pérdida de todos esos bienes mal adquiridos… y se fue quedando solo, cada vez en sitios menos lujosos.

Su carácter se hizo irascible, sobre todo los días en los que el cielo se ponía gris y el viento racheado le susurraba en la cabeza malos pensamientos.

Su familia le abandonó. Ya no le aguantaban los malos tratos, la violencia y las amenazas…



Desapareció un buen día de su última casa, una de las primeras que construyó, y nadie sabía donde había ido a esconderse de la justicia, que le reclamaba muchísimo dinero por fraude.

La justicia buscó sin resultado a aquel constructor que había dejado detrás santísimas deudas, y un montón de edificios y casas al borde del mar construidas con materiales malos, que se llenaron de grietas por la humedad en poco tiempo, y que, poco a poco, se irían viniendo abajo, para desesperación de quienes las compraron.

Teresa había envejecido también, lejos de aquellas casas junto al mar que fueron orgullo de la costa cuando se llenaron de nuevas familias e ilusiones fallidas.

Ella seguía en su casona, ahora con el techo algo desvencijado, tras años de lluvias de “gota fría” y vientos cada vez más irregulares. Las escaleras mostraban la falta de algunos trozos de la barandilla de forja, pero el letrero de la fachada, un poco agrietado y medio borroso, seguía indicando: “La casa del general”.

Sus recuerdos no se habían agrietado y ahora le trajeron a la memoria aquel día en el que unos albañiles vinieron a restaurar unas losas del suelo del recibidor de la casa que se habían levantado por la humedad y las filtraciones de las lluvias de aquel año.



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Ella entonces era joven. Sus hijos estuvieron jugando con las losas que fueron sustituyendo los albañiles, hasta la hora de comer.

Cuando volvieron, algo había aparecido allí, debajo de las losas.

Los niños la avisaron entre juegos y risas. Encuadrado por unos trozos metálicos parecidos a restos de cuchillos largos, había un trozo alargado de madera negra, labrada, con una empuñadura sucia, ennegrecida, pero que brillaba a la luz del sol con destellos dorados.

Estaba colocado cuidadosamente, como en una posición estratégica especial, mirando hacia occidente.

Teresa lo sacó con cuidado y lo limpió un poco para investigar luego lo que podría ser.

Parecía un bastón de madera negra muy tallada, con un pasador que parecía de oro y una empuñadura muy labrada y cincelada; pesada y gruesa que parecía de oro.



¿Por qué alguien habría enterrado allí ese bastón tan precioso?



Dejó todo sobre la consola del recibidor, la misma donde ahora había encontrado el periódico con esa noticia, y se fue con sus niños al jardín mientras los albañiles terminaban el trabajo.

Al volver ya habían acabado la obra y los albañiles se habían marchado.

Fue a coger aquel raro bastón para enseñárselo a su marido, pero no estaba. Buscó por todas partes, pero había desaparecido.

Le explicó a su marido el hallazgo, el modo en que estaba colocado, el aspecto y su sorpresa de que estuviese enterrado allí, en el hall de su casa.



Su marido le contó que aquella casa había pertenecido a un general que estuvo en la guerra de Cuba y que volvió a su tierra de nacimiento, inmensamente rico, para retirarse allí.

En aquella lujosa casa se dieron fiestas fabulosas y el general era conocido y admirado por todos en la época en que vivió allí.

Se fue haciendo viejo… hasta que un día murió y la casa fue vendida.

Es posible que, al sentirse viejo, el general celebrase un último acto protocolario simbólico: enterrar su bastón de mando en la cabecera de su hogar, el recibidor, con la orientación hacia occidente de la ceremonia de “arriar la bandera” cada tarde en Capitanía. Con la vista al sol que se pone en occidente. Así permanecería su bastón durante años y años, en secreto homenaje al general.



Pero ¿Quién se lo había llevado?

Era una joya que podría valer mucho dinero, pues el puño y los adornos seguramente eran de oro.

Teresa pensó que las únicas personas que allí habían estado eran los albañiles, pero no se atrevió a decirlo a su marido.

Poco a poco, al no encontrarlo por ningún lado, se fueron olvidando todos, menos Teresa.

Siempre recordaba aquel hermoso bastón de mando.



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Ilustración de Paloma Muñoz



En la noticia del periódico decían que el ahorcado había aparecido en una casa derrumbada y casi vacía.

Solo se encontró un camastro, donde parecía que había dormido el hombre ahorcado durante las últimas noches en las que había soplado un inclemente y furioso viento maestral; una silla que utilizó para encaramarse y colgarse de una de las vigas del techo que el viento había dejado al aire al llevarse parte del tejado, y un extraño bulto escondido bajo unos cascotes, que contenía un trozo de palo de madera negra tallada, y los restos de algún mango metálico que faltaba, del que solo quedaban unos restos de metal dorado muy deteriorados.



Teresa releyó aquella noticia y pensó en aquel precioso bastón de mando que tuvo en sus manos.

Había sido un objeto símbolo del honor de un general, robado con deshonor por alguien que utilizó el dinero que obtuvo por él con muy poca conciencia.



Los vientos a veces hacen una justicia anónima y, tal vez, este había sido el caso en aquellas últimas noches de furioso viento racheado, ese que llamaban “viento del loco” por aquella zona.



¡Adiós para siempre al general!



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Cuando sepas

porqué la mar espera quieta,

silenciosa y mansa,

será tarde para ti.



Cuando sepas

cómo juegan las olas florecientes,

agazapadas y verdes,

ya no estarás.



Esperé,

sentada como el agua.

Tu barca vino loca,

embriagada en el gozo de pescar.

Red

fluorescente de jaloque,

levante,

maestral…



Los vientos

se encargaron de apresarte.

Separaron mis brazos,

sin mirar

cómo tu barca se hundía

lentamente,

sellada

por las redes eternas

de la mar.



Cuando sepas

porqué la mar espera quieta,

sabrás

qué tempestad es

ESPERAR.



Poema de Conchita Ferrando del libro “Homenaje a Neruda”

(Pegaso Ediciones)



Conchita Ferrando






jueves, agosto 15, 2013

SCHEHEREZADE

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la lama. 
La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. 
Quedan reservados todos los derechos de autor.


Sheherezade.

El tema de Cuentos es tan amplio que puede dar pie a tomar como ejercicio cuentos ya escritos por sus autores, que son propiedad intelectual solo suya y nadie debe cambiar ni una coma de ellos. 
Yo por respeto he preferido tomar y entrecomillar solo alguna frase sobradamente conocida del gran libro de cuentos que me ha inspirado este relato, pero sin tomar ningún cuento en particular. Así he creído que debía hacer y lo he hecho.

Suelen tener los cuentos para niños, además de su candor, ternura y colorido de situaciones, una finalidad “modélica” que influye mucho en ellos. A veces con advertencias envueltas en entretenidas historias,
He tomado en mis manos un libro de Cuentos para mayores, pues los cuentos de niños son solo para niños, aunque les encanten a los mayores.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Las Mil Noches y Una Noche es un antiquísimo libro de  historias tan universales que, aún sacadas de su contexto histórico de tiempo, lugar y circunstancia, siguen teniendo el valor incalculable del “poder de la palabra”, combinada con la inteligencia, discreción y saber estar de quien la utiliza, sobre todo si es para algo positivo.
Los cuentos que se narran en Las Mil Noches y Una Noche transmitidos casi únicamente por tradición oral han sido conocidos en occidente como obras sueltas e inconexas desde tiempos muy remotos.
Realmente todos ellos están unidos por el nexo común de pertenecer a un gran libro manuscrito encontrado en Siria, seguido de otros en El Cairo, Bagdad, Estambul. Túnez etc. con un fondo de leyendas, relatos y variantes de los mismos cuyo origen antiquísimo está en la tradición oral, redactados sobre ellos en árabe desde el siglo VIII al XVI.
La imaginación exuberante del Islam los ha dotado de escenarios y situaciones llenas de colorido, pero sus fuentes son mucho más antiguas, leyendas hindúes y persas narradas por los rapsodas de esas épocas.
Es indiscutible el misterio de pervivencia y hechizo de su valor humano. Son historias intemporales sobre la belleza, el amor, el misterio, el poder, el ingenio y la discreción.
Entonces, tal como ahora, el poderoso era también caprichoso y no conocía límites, pues tenía a su disposición todos los recursos, pero al igual que ahora, ni el tener todos los recursos y el mundo a sus pies, le resultaban suficientes para lograr eso tan etéreo que se llama “la felicidad”, o tal como dicen ahora “estar completamente realizado”.

El exceso de facilidades le aburre.
La repetición de sus actos de poder le agota.
Las contrariedades le irritan.
La sumisión le enerva.

En todos los tiempo de la historia, los remotos o los modernos, hay veces en que este “encefalograma plano” se rompe. Surge algo o alguien. No tiene por qué ser sublime, ni extraño, ni extraordinario.  Puede ser algo sencillamente diferente y apropiado a la situación… y provoca una revolución invisible, silenciosa  que mueve todo a su alrededor, como ocurre en Las Mil Noches y Una Noche cuando Schehrezade llega, como una doncella más, para dar compañía y disfrute a un rey poderoso, insomne por su propio aburrimiento de poder, que solo disfruta una noche de cada doncella y al llegar el día las manda matar sin que se le mueva la mínima fibra.

[..]Scheherezade sabía que el rey la reclamaba a su lado para pasar una sola noche y que su destino sería el de todas… morir de madrugada. 
Eso era lo rutinario, pero ella supo alterar esa rutina con ingenio, carisma, sencillez, prudencia y belleza.[…]
Pidió al rey que su hermana estuviese con ella cuando acabase la noche.
Cuando el rey hubo disfrutado los favores de Scheherezade, como había hecho con tantas otras, y llegó el nuevo día en que su vida se acabaría, su hermana solicitó al rey el favor de permitir a Scheherezade contar una de esas bellas historias que tan bien  sabía contar y que entretenían tanto a quienes las escuchaban.
Puso al rey ante un reto de curiosidad o novedad… y el rey aceptó y le pidió que contase una de esas historias.
La vida de Scheherezade se había salvado, al menos por una noche… y ese reto a la curiosidad del aburrido rey le valdría para salvarla durante muchas noches más… Y para ganarse al rey con su dulzura, prudencia, inteligencia y belleza.
Un coctail infalible hace siglos, hoy, mañana y dentro de otros mil años…

[…]He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!… Que hubo una vez…
Así comienzan todos los cuentos de Las Mil Noches y Una Noche
Y siempre terminan con una lección de sabia prudencia:
[…] Scheherezade vio que llegaba el día… y guardó silencio discretamente…

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La sala de prensa del diario La Voz rebosaba actividad.
Acababa de abrir nueva delegación en una importante capital de provincia, emergente en actividades culturales, industria alimentaria, exportaciones internacionales, nudo de comunicaciones y centro estratégico.
Absorbió todas las instalaciones de un antiguo diario.  Su nuevo director, joven pero con gran experiencia, había decidido renovar todo el equipo: las instalaciones y las maquinarias, poniendo muy por delante de los demás diarios sus dotaciones técnicas y humanas.
Se descargaba sin interrupción tanto mobiliario moderno como sofisticados aparatos, o se cambiaban espacios para hacerlos más operativos y se transformaban otros para darles mayor prestancia de imagen.
Todo funcionaba como un reloj.
La radio y la televisión habían entrevistado unos días antes al nuevo director, que llegaba rodeado de una aureola de triunfos en otros medios de comunicación, acrecentados por el incidente ocurrido nada más llegar a la ciudad al escapar de modo casi milagroso de una persecución en la que todo indicó que era objetivo de terroristas para quitarle la vida…..
Su valor y la suerte evitaron que le alcanzaran y, aunque se trató de quitar importancia al hecho, casi todos los medios intuyeron que alguien tan “perseguido por lo que sabía y valía” habría de ser alguien con muchos méritos, contactos e información.
A media tarde todo estaba casi terminado de organizar y de colocar en la nueva redacción de La Voz, y el director junto al subdirector, daban los últimos toques a la labor del equipo para que funcionase sin un solo fallo.
Era muy exigente, pero el respeto de quienes le rodeaban se lo ganaba día a día, y todos se sentían privilegiados de trabajar allí con él.
Solía aislarse algunos ratos en su despacho, tras su enorme mesa nueva de madera de raíz de diseño ergonómico, con la espalda bien apoyada en el respaldo de su sillón de pura piel color cereza oscuro, mientras repasaba en su mente, con los ojos medio cerrados, todo lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.
La jefa de redacción le comunicó por el interfono:
—D. José Antonio, ha llegado una noticia algo extraña. Se la paso. Es sobre un posible intento de atentado en el arsenal y es muy confusa….Está ya preparada para salir mañana, pero muy escueta porque es contradictoria y hay muy poca información sobre ella.
El director se incorporó y con gran interés pidió todo el informe sobre la extraña  noticia.
En cuanto lo tuvo sobre la mesa comprendió que era de lo más inverosímil, pues una alarma de emergencia por bomba en el arsenal, supuestamente de origen terrorista, suele llevar un desarrollo con sospechas, filtraciones de confidentes… operativos de vigilancia… pero así, tan repentina, era muy rara. Habría que ser muy cautos, dada la naturaleza militar del arsenal.
Dio las órdenes en ese sentido y volvió a sus papeles sobre la mesa.
Su secretaria entró con algunos documentos y le comunicó que había llegado una señorita que, por lo visto, él había citado allí para esa tarde.
El director recordó de inmediato y pidió a la secretaria que hiciese pasar a la señorita pues la había llamado él para concretar su posible incorporación al equipo, ya que conocía su trabajo en el antiguo diario que había absorbido La Voz.
Se levantó para recibir a la recién llegada, con la que había coincidido alguna vez en su antiguo periódico y que recordaba sobre todo por su buen trabajo como especialista en entrevistas.
La recordaba delgada sin exceso, con una bonita figura aunque discreta,  pelo suelto en melena de suaves ondas color caoba oscuro, ojos muy oscuros, algo rasgados, con chispas vivaces y una sonrisa que siempre la adornaba y daba la impresión de que todo lo podía sin apenas esfuerzo y lo contagiaba a su alrededor.
Esta vez ella había cambiado un poco su aspecto, más sofisticado, y había recogido su pelo bajo una gorrita tipo francés, de punto grueso en color cereza oscuro, de la que escapaba un flequillo rebelde sobre su frente. Llevaba una falda clásica color perla y una chaquetita corta del mismo color cereza que la gorrita.
Entró sonriente, relajada y ambos se dieron la mano.
Él la invitó a sentarse en los sillones que había en el despacho, con una mesa redonda delante, en cuya pared del fondo lucía el anagrama nuevo de La Voz sobre una gruesa cristalera moderna de hormigón, vidrio y acero.
—Encantado de volver a verte, Schery, y de tenerte aquí para que formes parte de este nuevo equipo en el que espero sigas realizando el trabajo de entrevistas que ya he conocido de ti, y que quisiera que comentásemos si estás dispuesta a participar con nosotros.
—Encantada, José Antonio. He viajado al recibir tu llamada a mi casa, y he tenido que solventar algunos pequeños problemas que surgieron casi a la hora de salir para poder llegar a tiempo. Ha sido algo relacionado con el arsenal militar… y ya sabes el control que existe allí para todo lo relacionado con la seguridad, de modo que pensé que iba a tener que dejar mi viaje para mañana, pero al final todo se ha arreglado y aquí estoy, dispuesta a escuchar tus proyectos y tu propuesta.
—¡Caramba, precisamente me acaban de pasar una noticia relacionada con eso! — los ojos de José Antonio, el director, se abrieron interesados— ¿Sabes algo de esto?
Schery se acomodó con naturalidad en el sillón, miró al director un momento, se inclinó levemente hacia delante y asintió
He llegado a saber…………………
—Supe casualmente que hubo una emergencia en el arsenal. Estaba en casa de una amiga y se oyeron las sirenas de alarma. Ella vive muy cerca… ¿te interesa que te cuente lo que ha pasado?
El director se inclinó un poco hacia ella, con gran interés por escuchar lo que le podía contar de primera mano.
Ella parpadeó unos segundos, discretamente, para poner en orden sus ideas y poder resumir todo lo que había vivido aquel mismo día, que era mucho aunque por fortuna no había resultado nada grave.
—Parece ser que alguien (cuyo nombre me permitirás omitir por prudencia) entró de visita esta mañana al arsenal. Pasó por el  servicio de seguridad de la puerta, que rastrearon con el escáner por debajo de su coche, lo revisaron, le pidieron su identificación  y le dieron una tarjeta de control para acceder al interior, pues iba de visita a casa de unos amigos que viven allí. Como nunca había estado en esas instalaciones, se dirigió a casa de sus amigos, estuvo un rato y luego volvió a la puerta de salida con algo de prisa, pues tenía algo urgente que hacer.
—Delante de su coche había una furgoneta que le tapaba la vista de la puerta y de los soldados de seguridad que había en ella. La furgoneta salió directamente sin parar… por lo cual esta persona la siguió y salió también sin que le hiciesen parar.
Con la prisa no volvió a pensar más y fue a la gestión urgente que debía hacer, muy cerca de allí.
—En esa reunión estaba yo también.
—De pronto  se oyeron las sirenas de alarma dentro del arsenal y alguien comentó que aquello significaba que algo importante estaba pasando.
—Esta persona, al oír eso, se puso pálida y de pronto se dio cuenta de que llevaba todavía la tarjeta de control que le habían dado al entrar. A toda prisa llamó desde allí por teléfono a sus amigos del arsenal para decirlo. De este modo todo quedó en una alarma, falsa claro, pero provocada por la falta de dos tarjetas de control que no se entregaron al salir: la de la furgoneta de limpiezas que salió delante y la de esta persona, que no sabía que debía haber parado para entregarla al salir.
—El lío fue grande, porque parece ser que había unos submarinos allí fondeados que se sabía que podían ser “objetivos” de terroristas… y todo coincidió en pocos minutos. Incluso se avisó a los buceadores de la Armada para rastrear  alrededor de esos submarinos, por si había alguna bomba puesta… Pero al final, con la llamada que hicimos desde casa de esa amiga, todo se aclaró. Llevamos la tarjeta y yo salí de inmediato para venir aquí.
Los ojos del director demostraban una sorpresa enorme y al tiempo un gran interés por lo que la joven Schery le iba contando.
—Bueno, pues alarma lógica pero con final feliz. ¡Si que estabas en el sitio oportuno en el momento oportuno Schery! Me gusta pensar que vas a estar así de cerca de la noticia y que voy a tener la primicia siempre para nuestro periódico.
—Ahora mismo voy a pedir que rectifiquen lo que se iba a publicar, y creo que lo mejor es pasar por alto esa alarma y que el arsenal siga con su actividad de siempre sin crear preocupaciones. Ha sido muy eficaz tu explicación Schery.
—Si tienes tiempo, podemos ir a tomar un café y que redacten mientras un contrato para ti, con todas las cláusulas bajo tu conformidad. Si deseas que haya algo que se especifique, no tienes más que decírmelo y lo veremos juntos. Ya sé que en el otro periódico donde trabajaste en el tiempo en que yo también estuve allí, pediste algunos puntos especiales. No te preocupes que aquí también los tendrás y serás dueña y señora de todo lo que firmes.
—Estaré encantada de trabajar aquí contigo. Creo que eres un director muy eficaz y con mucho tacto para todo. Me parece bien que charlemos de más cosas mientras tomamos un café tranquilos y ya te comentaré la exclusiva que tengo prácticamente confirmada, que va a abrir página con seguridad…  Eso  lo hablaremos el próximo día, pues ya sabes que tengo que viajar para volver a mi casa y me gustaría poderte exponer todo con detalle… sin prisa.
—Perfecto, vamos a tomar algo. Le dejaré a mi secretaria todos tus datos. Tendremos un rato para hablar y, desde luego, te espero el próximo día con todas esas ideas y esa exclusiva que me llena de curiosidad e interés ¡vamos!

Y schehrezade vio llegar la primera luz del día, y guardó silencio discretamente…

Schery volvió a su casa sonriente y contenta de cómo había sido la entrevista de trabajo y, cómo la casualidad o tal vez su facilidad para estar siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado, le habían puesto casi en bandeja la firma de su nuevo contrato.
Pasarían muchos días y muchas reuniones en su nuevo periódico en las que siempre era capaz de traer la primicia de la noticia adelantándose a los demás, a base de su trabajo constante en el anonimato, sin horarios y sin cansancio.
El director siempre reservaba unos momentos tranquilos cuando ella acudía con su carpeta de suave piel color cereza bajo el brazo, llena de novedades y con la “gran sorpresa” de su entrevista para abrir página, en la que tenía plena libertad para elegir, contactar y realizar, siempre a punto para entrar en rotativas con los titulares más atractivos, con fotografías bien hechas por el fotógrafo de su confianza que ella llevaba siempre y, sobre todo, con una exclusiva que era capaz de sacar al entrevistado solo para su periódico. Nadie lograba saber cómo lograba meterse dentro de la propia piel de cada personaje, ni cómo su hechizo discreto mantenía sus métodos y fuentes a salvo de quienes intentaban descubrirlos.
Hubo una vez cierta ocasión…
Con ocasión de la inauguración de la Expo de Sevilla, la avalancha de medios de comunicación y el propio desorden que superaba los acontecimientos hacía difícil coordinar la presencia del periódico La Voz de modo importante y cercano a las ceremonias de ese día…
Había nervios por parte de todos porque la fecha ya estaba encima y faltaban las acreditaciones principales.
Schery acababa de llegar de Madrid y traía varios proyectos importantes en su carpeta para ver con el director tal y como solían hacer.
Encontró a José Antonio preocupado y nervioso pero, tal como era su costumbre, calló discretamente sin dar muestras de notarlo.
Durante la conversación, ella comentó su visita al embajador de un país hispanoamericano en Madrid, pues mantenía con él una buena relación al ser los dos escritores. Fruto de esta visita había resultado el que la invitase a la ceremonia de inauguración, con una acreditación especial de la Embajada.
José Antonio se centró totalmente en sus palabras, y su gesto pasó de ser preocupado a ser de atención e interés.
Mi idea —comentó Schery — Es aprovechar esa invitación para estar cerca de tantas personalidades en la ceremonia de inauguración y cerrar algunas posibles entrevistas con ellos, pero sobre todo me interesa  hacer un trabajo sobre El Oro de América, que ya sabes que ocupará un ala del pabellón de América, aunque he oído que tienen dificultades con la seguridad por la cantidad de valiosas joyas, ídolos y arte que van a traer … pero ya veré allí cómo lograrlo.
El gesto de José Antonio se había relajado y ahora sonreía mientras escuchaba lo que Schery le contaba. Podría ser una solución a todas sus preocupaciones. Habría dos “delegaciones” de La Voz en la Expo: Una del equipo directivo, con José Antonio y Luis, el subdirector,  como representantes y otra con salvoconducto diplomático y libertad total de movimiento para Schery, que nadie sabía si podría finalmente hacer su reportaje sobre El Oro de América, pero que los hados protegerían como siempre y lo lograría…..
Llegó el gran día. Schery puso su tarjeta diplomática bien visible y acompañó durante un rato a José Antonio en los actos de apertura.
Las distancias allí eran enormes y el trenecito que el día anterior les había trasladado por el interior cómodamente, no funcionaba por seguridad ante la presencia de los Reyes.
Invitados y autoridades vagaban cansados y desorientados, pero sin perderse nada del evento.
La llegada de los Reyes fue el momento cumbre y José Antonio, el director, junto con Luis, el subdirector, se dirigieron al lugar señalado para los medios de comunicación.
Schery quedó en reunirse allí, después de algunas gestiones que quería hacer. Tendrían después tiempo de contar informar de muchas cosas interesantes que podrían ocurrir…
Cansada, con sus bonitos zapatos de tacón empolvados de la tierra seca de un día de calor sofocante, con su vestido de coctel estampado en cachemir amarillo oro sobre negro, que no le permitía correr como hubiese querido, se dirigió al pabellón de América que en ese momento estaba bastante tranquilo por la aglomeración de todos en las cercanías de los Reyes, en el pabellón de España.
Examinó el terreno y vio que la mayoría de zonas tenían  letreros de prohibición, acotados con postes y cordones con borlas para impedir el paso.
Era un contratiempo para su plan, pues el ala del Oro de América estaba en un piso alto y el ascensor de subida clausurado por seguridad de la zona.
Había guardias y nadie podía ir por libre. Tenían que ir con el guía de acompañamiento y eso era lo último que Schery quería.
En el grupo de invitados vio de pronto a uno de los profesores de historia que había conocido en la Embajada. Era muy joven y amable y vino a saludarla. Schery se había quedado un poco detrás del grupo y el guía iba delante con todos. El ascensor lateral no estaba lejos y tal vez funcionaba, pero había que traspasar la línea de cordones con borlas que impedía pasar.
Los soportes de los cordones eran fuertes y debían tener peso.
En un momento dado Schery cogió el cordón y lo bajó un poco. Sin pensarlo dos veces se apoyó en el joven profesor de historia e intentó saltar.
¡Ayyy! Su vestido de coctel tenía la falda estrecha y se enganchó. El soporte cayó al suelo y el guía volvió la cabeza por el ruido a ver qué pasaba.
Schery con cara de inocencia estaba ya lejos disimulando, guardando papeles en su bolso.
El pobre profesor, al que había cogido todo de improviso, no sabía ni qué hacer, pero el guía no se fijó en él.
El grupo siguió su camino y en ese momento el guía se puso a explicar lo que recorrían, así que Schery se apoyó de nuevo con fuerza en el brazo del profesor, y esta vez pudo saltar la línea de cordones y postes, doblando la esquina rápidamente hasta el otro ascensor que, por fortuna, estaba abierto y funcionaba…
¡Pista libre hacia el Oro de América!
Pero.¡los designios de Dios son inescrutables!
La gran Sala del Oro de América estaba a medio preparar, con todos los enormes objetos de oro cubiertos por telas blancas y, lo peor de todo, con vigilantes armados que no perdían de vista a aquellos dos intrusos que acababan de aparecer…
El joven profesor, que había seguido a Schery dispuesto a no perderse aquella loca aventura, se quedó también algo indeciso, pero Schery recompuso su atuendo, colocó su acreditación distintiva bien a la vista y entró decidida.
El vigilante no sabía bien qué hacer: ¿detener a aquella señorita con una credencial diplomática? ¿ponerse a su disposición?
Optó por preguntar qué deseaban e informar de que la sala todavía no se podía visitar.
Schery, con su gesto de máxima inocencia y desconsuelo, explicó al guarda:
—Por favor, mi  legación confía en que  haga un estudio sobre lo expuesto en El Oro de América, He dejado a mi legación camino de la comida con los Reyes y me reuniré allí con ellos.  Me va a resultar terrible no poder llevar NADA sobre El Oro de America… por favor… me voy a sentir fatal con ese fracaso.
El guarda estaba perplejo, miró a su compañero y decidió:
—Bueno señorita, solo puedo dejarle que vea un par de objetos, pero solo eso, y enseguida se tienen que marchar.
—Muchas gracias. Me salva usted este momento tan malo. Solo un par de objetos y nos vamos.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Diciendo esto, Schery cogió el borde de una de las telas, lo levantó un poco y miró aquella maravilla.
Tomó su máquina de fotos y le hizo señas al profesor para que distrajese al guarda. Mientras hablaban, ella levanto dos o tres telas más, y disparó su máquina tan rápido como pudo…
Luego dieron las gracias a los amables guardianes y salieron.
Schery se despidió con todo el agradecimiento del mundo de aquel joven y lanzado profesor que la había acompañado y emprendió el camino hacia el pabellón de España, donde se celebraba la comida con los Reyes.
Iba radiante, con los zapatos más sucios de polvo que nunca, con el pequeño chal de adorno, a juego con su vestido, colgando y enredado en la carpeta, con el sudor pegado a la frente rizando su flequillo y medio despeinada, pero radiante.
Cerca ya de la entrada al Pabellón, dos soldados le salieron al paso. Sus armas le quedaban muy cerca de la cara.
—¿Qué ocurre, guardias? Llevo mi credencial para la comida en el pabellón de España.
—Ya, ya lo vemos señorita, pero se ha retrasado usted mucho. Se  ha hecho tarde y han mandado sellar la entrada. Lo sentimos. Usted no va a poder entrar a esa comida.
Y Scheherezade vio como el sol recorría sus últimos momentos del día… y guardó silencio discretamente…

Hubo muchas más historias reunidas por Schery para írselas contando al exigente director, que cada vez que ella llegaba con su carpeta de piel bajo el brazo, su gorrita rojo cereza y su sonrisa confiada, vivía todos esos momentos relajado e interesado y  deseaba siempre que llegase la próxima historia, exclusiva o proyecto de Schery.
¿Qué diferencia puede haber entre los cuentos que Scheherezade contaba al Rey afortunado, hace más de mil años, y estas otras?
El substrato del alma huma funciona  del mismo modo ahora que hace mil años:
El poder de la palabra combinado con la inteligencia, la cultura, la discreción y la belleza.
La información es poder, y solo hay que saber utilizarla, que no es poco. 
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Conchita Ferrando de la Lama
(Jaloque)

sábado, junio 22, 2013

VERBOTEN ( prohibido )- Relato-

Verboten. ( prohibido)
Relato

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama
Publicado en Surcando Ediciona Word Press
Ilustración propiedad de Paloma Muñoz


Fue difícil saber porqué aquel joven alemán, alto, rubio y fuerte, se había convertido en un apasionado fan del rocanrol de los años 60.

Igualmente difícil imaginar que ese mismo muchacho, pocos años después, cuando todo parecía indicar que elegiría para su futuro la música rock o el deporte de competición, desaparecería de nuestro entorno de amigos, enviado a Alemania para estudiar y convertirse en Ingeniero Nuclear… pero es que todo en la historia de nuestro amigo Jens era así de especial, contradictorio, e incluso bastante misterioso.


Nos conocimos en la infancia, casi adolescencia, con 11 años. Todos los veranos los pasábamos en un bonito pueblo de la sierra de Madrid.
Sus padres tenían allí un chalet de estilo alpino que llamaría la atención de cualquiera si no fuera porque quedaba semioculto tras un pequeño bosque de abetos de su jardín.
Como éramos casi niños, nuestros primeros contactos fueron cuando jugábamos en una zona abandonada, intrincada, semisalvaje, de difícil acceso que separaba los chalets de la colonia de veraneo del resto del pueblo.
Formábamos un grupo de amigos veraneantes que año tras año pasábamos allí las vacaciones, deseando que llegase el verano para jugar juntos y vivir “excitantes aventuras” en esa zona relativamente cercana a nuestras casas, pero tan diferente que permitía imaginar que todo podía ocurrir allí, entre aquella vegetación tupida, descuidada, con enramadas que se entrecruzaban entre senderos intransitables, con zarzas y arbustos recrecidos, que parecía un laberinto donde apenas el sol traspasaba el túnel de vegetación, donde la emoción era el riesgo de extraviarse, el de posibles picaduras de escorpiones y otros bichos, pero eso era lo que lo hacía tan atractivo para nosotros.
Nos reuníamos entre 10 o 12 amigos, que fuimos creciendo desde los 10 años hasta los 18, transformándonos de niños en adolescentes. Allí nos llamaban cariñosamente, “la pandilla de los biberones”.
Jens era el mayor, con poca diferencia. Tenía otros tres hermanos, pero eran todavía pequeños para venir en el grupo y solo uno de ellos, Klaus, se nos uniría años después.
Jens era alto, rubio, de ojos azul muy intenso, serio y de pocas palabras. Tenía una bien ganada fama de “soso” y cuando nos fuimos haciendo mayores y comenzaron nuestras primeras reuniones caseras, en las terrazas o jardines de las casas de unos y otros, para aprender a bailar, le pusimos el mote de “el pararrayos”, por su estilo tan teutónico que solo era capaz de defenderse con el vals.


Hasta que un día llegó aquella ola imparable a nuestro país, llamada ROCK AND ROLL.


Nuestro amigo pareció despertar de su letargo musical y se convirtió, en solo tres meses, en un auténtico entendido y fan de aquella revolución musical, sobre todo en su versión menos dura y más melódica, llegó a dominar los estilos, biografías y discografía de los grandes ídolos, empezando por Elvis hasta Freddy y Los Diamonds.
Su carácter se hizo más accesible y menos hermético. Se unía a todas las excursiones del grupo; era amable y protocolariamente educado con las chicas; nos sacaba de apuros cuando, en alguna excursión, alguna se quedaba enganchada entre las zarzas y espinos de nuestro pasadizo salvaje, al que llamábamos “el bosque del miedo”, donde seguíamos buscando aventuras y no se sabe qué tesoros fruto de nuestra desbocada imaginación, deseosa de emociones, a la espera de que alguna fiera terrible surgiese de allí el día menos pensado.
Pero… había algo que no había cambiado en absoluto en esos años: El misterio que rodeaba su casa, aquel precioso chalet alpino semejante a un “nido de águilas” al que nunca éramos invitados por sus padres, procedentes de Alemania, donde la guerra había dejado una dramática huella, como país hundido, dividido y en ruinas, que nunca doblegó su orgullo ante los vencedores.


Sus padres eran un misterio para nosotros. Nunca supimos en qué bando estuvieron y tampoco las circunstancias de su venida a España ni el motivo.
Nunca salían a pasear por el pueblo, ni se relacionaban con los otros veraneantes. Eran tan serios y herméticos como Jens….
Alguien comentaba que el padre había sido piloto de las fuerzas aéreas en Alemania, y otros que había tenido una importante industria allí… pero nada era seguro.
Era inútil tratar de sondear a Jens ni a su hermano Klaus, que se unió a nuestro grupo unos años después.
Entre nosotros nos inventábamos toda clase de historias imaginarias sobre la familia de Jens: Persecuciones, huídas a veces con los nazis detrás, otras como oficial de las SS, otras como espía amenazado y buscando refugio lejos de su país…Todo sin datos fiables, solo influidos por el misterio de aquellos padres que se mantenían siempre aislados, sin buscar amistades entre los demás veraneantes, desde hacía años, sin que nunca nadie fuese invitado a aquel precioso “nido de águilas” estilo alpino.
Jens fue ganando puntos con su afición apasionada por el rock, y se fue implicando en esa nueva filosofía de vida que llegaba con esa música fuerte y vibrante.
A los 16 años le regalaron una guitarra y eso le hizo feliz totalmente. Ahora podía tocar y emular a sus ídolos del rock.
Se convirtió en la cara opuesta de lo que siempre había sido. Ahora “el pararrayos” era el ídolo de todas las niñas veraneantes.
En los guateques que se organizaban en casa de los amigos del grupo y de otros grupos que se habían unido al nuestro, Jens era la estrella indiscutible, adorado por sus fans, que ya eran muchas.
Lo curioso era que nunca solía bailar aquel ritmo vibrante que a todos nos enloquecía, a pesar de que él era capaz de dominarlo e incluso recrear con su guitarra versiones propias. Se quedaba siempre un poco distante, rasgueando su guitarra, cantando, casi en trance para sí mismo… o para quien él eligiese.
En su grupo de siempre, más bien pequeño, le podíamos encontrar siempre cercano, feliz, con una sonrisa que casi nadie más podía ver. Incluso las chicas del grupo tuvimos la suerte de que nos dedicase alguna de sus composiciones de rock con nuestro nombre.
Se estaba convirtiendo en un compositor selectivo y eso le hacía aún más atractivo.
Al verle allí, tan cercano, tan gentil, en alguna ocasión intentamos que se abriese y nos hablase de su origen, de su familia, de su país…
Entonces todo cambiaba. Se ponía muy serio, cogía su guitarra y le arrancaba las notas más emotivas y sentidas que nunca habíamos escuchado, cantando con su voz “teutónica” la célebre canción de Elvis Verboten (prohibido). Era casi un lamento, rasgado en un rock lento y profundo.


Ilustración de Paloma Muñoz

Al oírla, todavía, pasados tantos años, se nos viene a la memoria aquel tiempo de adolescentes y aquel “bosque del miedo” que cruzábamos, como en un camino iniciático, todos cogidos de la mano para no desorientarnos ni extraviarnos, con la sensación del paso por lo desconocido, entre aquellas ramas que crecían impidiéndonos el paso, con zarzas que nos arañaban brazos, piernas y caras, pero siempre sin soltarnos de la mano.
En varias ocasiones nos sorprendieron tormentas, de esas tan propias de la sierra, con gran aparato eléctrico de truenos y rayos. Si nos encontrábamos a medio camino de ese bosque, no había otro remedio que seguir hasta la salida, pues había la misma distancia en ambas direcciones.
Una vez cayó un rayo tan cerca que nos tiró al suelo. El peligro era real y “el bosque del miedo” nos lo recordaba en cada momento.
En una ocasión en que se desencadenó una de esas terroríficas tormentas, Jens nos fue guiando por un atajo que él conocía, que llegaba hasta una pradera al final del pueblo, pero una vez que llegamos a ese punto, al descubierto, nos mandaba que siguiésemos solos, muy deprisa, hacia nuestras casas, pues pensábamos todos que como era tan alto, “el pararrayos” atraería alguna “chispa” de la tormenta y moriríamos todos si íbamos junto a él.
Nunca supimos si aquello era científico, pero él nos mandaba alejarnos y aguardaba a que estuviésemos a salvo, en aquella zona de de vegetación silvestre, donde nadie sabía lo que podía pasar.
Aquellos veranos vimos caer muchos rayos muy cerca, incuso hasta acostumbrarnos y perderles el pánico que nos daban, pero siempre imaginábamos la figura alta, rígida, erguida de nuestro amigo “el pararrayos”.
Era tan contradictorio, con aquella figura y, sin embargo, con esa voz tan comunicativa y arrolladora cuando cantaba, cien por cien roquero, que todos dimos por seguro que su futuro estaría en esa música, y que llegaría, como él deseaba, a emular al gran Elvis, en Estados Unidos, cuando fuese allí a estudiar como él pensaba.
Difícil imaginar entonces que un verano Jens no estaría, como siempre, en nuestro pueblecito de la sierra.
Su hermano Klaus se encargó de confirmar que lo habían enviado sus padres a Alemania a estudiar Ingeniería Nuclear.
¡Nos quedamos de piedra!

¿Y su amor por el rock?Klaus zanjó la cuestión y todas nuestras extrañezas e interrogantes diciendo:

¡Verboten!

"Era lo decidido desde siempre.”

Siempre esperamos saber algo de nuestro amigo “el pararrayos” superestrella del rock, pero no logramos saber de él.
Tal vez, en los viajes espaciales que tanto revolucionaron al mundo…. sonaría música de rock para los astronautas.. Tal vez, solo tal vez, compuesta para ellos por nuestro amigo Jens,el ingeniero nuclear rokero, tal y como compuso algunas de esas canciones especialmente para nosotras, sus amigas del grupo del “bosque del miedo”.
Al fin y al cabo, el espacio también es un “bosque del miedo”, y la música de rock un buen modo de relajar ese miedo y ver las estrellas como algo tan hermoso como nuestras reuniones de juventud oyendo a nuestro rokero tocar sus composiciones, a pesar de las tormentas, los truenos y los rayos…. Pero eso sigue siendo Verboten para nosotros.



Relato original de Conchita Ferrando de la Lama
(Asociación Nacional de Escritores)
Jaloque Creaciones





domingo, abril 07, 2013

DOS CORONAS MURALES POR CARHAGO NOVA

Dos coronas murales por Carthago Nova.




Un joven de veinticinco años se levantó en medio de la Asamblea de Roma y exclamó con arrogante acento:
“Yo soy Escipión. Pido ser nombrado Procónsul en la Hispania. Seré el vengador de mi familia y del nombre de Roma. Ante las tumbas de Publio, mi padre, y Cneo, mi tío, prometo que sabré ganar victorias. Tengo todo lo que se necesita para vencer”

Y Publio Cornelio Escipión fue nombrado Procónsul.

 

¿Quién era ese orgulloso y prepotente joven?

¿Era tan solo un miembro de una prestigiosa e influyente familia que forjó sus laureles militares muriendo en batallas en suelo hispano?

¿Había algo más en él?

A lo largo de la historia y la leyenda, los grandes personajes lo han sido siempre por ese “algo más”.
Ese “algo más” es lo que, quien persigue la leyenda, debe tratar de descifrar, puesto que siempre deja una huella en la que están el porqué y el cómo que explican por qué logró lo que nadie habría imaginado.
Todo personaje de leyenda se mueve en el mismo terreno que la mayoría de mortales, pero no de la misma manera ni con los mismos recursos.
Ellos lo aprovechan todo por su gran capacidad, intuición, perseverancia y un don especial para “la puesta en escena” que supera todo lo concebible.
En esta historia-leyenda coinciden dos grandes personajes, parecidos, contemporáneos y enemigos a muerte: Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca. Uno de los dos debía vencer al otro
Ambos vivían en un convulso mundo en crisis de poder.
Aníbal en la cumbre de poder de una Carthago que había logrado extenderse a ambos lados del Mare Nostrum y que pretendía, desde ambos lados, hacer una tenaza para asfixiar a Roma, su gran competidora, desde su nueva base en la península Ibérica: Quart Hadast, tan bien fortificada por Asdrúbal, convertida en “taller de guerra” para Aníbal, que había jurado “odio eterno a los romanos”.
Comenta Polibio que Escipión tenía fama de una gran madurez en sus decisiones desde muy joven.
Pertenecía a una familia políticamente muy influyente y adoptaba poses de gran personaje allí donde iba.
Su voz era uno de sus fuertes cuando hablaba en público. Era de un tono profundo y llamaba la atención por su gravedad y fuerza.
Le gustaba fomentar ciertas leyendas que corrían sobre las excepcionales circunstancias de su nacimiento, referentes a que nueve meses antes de nacer, se vio a un gran dragón en casa de su madre.
Era muy introvertido y mantenía las distancias en su modo de actuar.
Subía con frecuencia al Capitolio, haciendo creer que conversaba con Júpiter.
Respetaba las leyes… o se reía de ellas según conviniera a sus propósitos.
¿Cómo iba a desaprovechar el poder utilizar todo este ambiente de culto a su persona, unido a su inteligencia, en la misión más importante de su vida?
Sabía que, para vencer a Aníbal, tendría que apoderarse antes de su base fuerte de Quart Hadast (Carthago Nova).
El momento justo llegó cuando Aníbal, para vencer definitivamente a Roma a la que tenía ya a su merced, se alejó de su gran fortaleza, donde tenía todo su arsenal de guerra, sus grandes riquezas a buen recaudo, los rehenes de todos los caudillos iberos sometidos y una ciudad inexpugnable rodeada de mar por todas partes, excepto por un pequeño istmo fortificado.
No imaginaba Aníbal que Escipión estaba muy bien informado de toda esta situación, a través de los nativos que debían pacto a Roma.
Solo había una forma de vencer a Aníbal: que se alejase de su ciudad fortificada de Quart Hadast confiado en que nadie la atacaría, en un momento en que los otros tres ejércitos cartagineses estaban distantes, en misiones distintas a más de diez días de camino, y no llegarían a tiempo de ayudar a los que quedaban en Quart Hadast.
Esto requería una enorme paciencia, una planificación minuciosa y fría, y una rapidez de ejecución perfecta y medida para caer sobre la gran metrópoli de Carthago Nova sin que Aníbal lo sospechase y en tiempo record para que no diese tiempo a ninguno de sus ejércitos alejados a correr en su auxilio.
Para eso tenía que descubrir el “talón de Aquiles” de la inexpugnable Quart Hadast, la ciudad de Aníbal.
Se jugaría el todo por el todo ya que, si no conseguía conquistarla en ese tiempo, por sorpresa, sin que pudieran reaccionar con suficiente fuerza sus defensores, la batalla final por el poder entre Roma y Carthago habría terminado con la victoria total de Carthago sobre Roma.
La historia juzgaría.

Escipión, con un ejército bastante numeroso, desembarcó en Tarraco.
Allí esperó a la primavera en la que sabía que los ejércitos de Aníbal se alejarían de la base para solucionar asuntos de supervisión de los territorios.
En su plan, totalmente secreto, solamente contaba su gran amigo y almirante de la flota, Lelio, pues la complicidad entre ambos era vital para la victoria.
Nadie debía sospechar lo que realmente se proponía Escipión, pues nunca se sabe quien podría dar el aviso a las tropas de Aníbal y eso desbarataría totalmente el plan de ataque y supondría la terrible reacción del mismo y de sus ejércitos cercanos, quedando cercado de espaldas al mar por un ejército mucho mayor al suyo y derrotados para siempre.
Trazó un itinerario desde Tarraco hasta Quart Hadast que debería recorrer él con su ejército por tierra, en jornadas rápidas, casi en paralelo al que seguiría la flota mandada por Lelio en días posteriores, para confluir ambos ejércitos al tiempo, frente a Quart Hadast (Carthago Nova).
Tenía, Escipión, un buen servicio de informadores nativos que le habían puesto al corriente de las mareas y reflujos de la zona donde se encontraba la ciudad, parecidos a los que los pescadores de zonas cercanas, como Sagunto y el delta del Ebro, conocían con detalle.
Había una época en que esos reflujos se hacían más intensos combinados con ciertos vientos que los pescadores conocían, pues en esos momentos el Lago o Almarjal se podía vadear por ciertos lugares.
Escipión solo tuvo que atar cabos y reunir la máxima información sobre la zona pantanosa del Almarjal, que guardaba la espalda de Quart Hadast (Carthago Nova) por el norte.
Su puerto era el mejor de todo el Mare Nostrum, envidiado por todos los pueblos de entonces, y a eso se unía la gran riqueza mineral de toda esa zona, básica para la maquinaria de guerra.
Además, allí había reunido Asdrúbal toda la riqueza de sus botines de guerras triunfantes en la península ibérica, y había construido en lo alto de una colina un gran palacio o ciudadela donde reunió a varios cientos de caciques nativos como rehenes políticos de gran categoría, en prenda de pactos de paz. Había también 15 senadores de Carthago
El arsenal de guerra del ejército cartaginés se guardaba también en la ciudadela de Quart Hadast.
Era la más codiciada joya. Lo reunía todo, incluso unos campos fértiles que la rodeaban, capaces de abastecer de alimentos a las ciudades aledañas y al ejército.
Guarnecían la ciudad en esos momentos 1.000 soldados, confiados en su inexpugnabilidad, que Aníbal había confiado a su general Magón.
También se armó a muchos artesanos de los que trabajaban en la ciudad, al menos con armas suficientes para su defensa en caso de gran peligro. El resto de la populosa ciudad debería estar como refuerzo en los lugares donde se les necesitara si llegaba el momento, pero no estaban adiestrados para la guerra. En total en la ciudad había unas 2.000 personas
Aníbal había dejado todo bien preparado para que su ausencia no fuese un reclamo para el enemigo.

Lelio era, además de almirante de la flota, un guerrero muy inteligente, maduro y dominador de técnicas en el mar y en tierra.
Su amistad con Escipión formaba un equipo que funcionó en secreto y con eficacia
Lelio admiraba en el joven Escipión la combinación de la inteligencia aplicada que aprovechaba el elemento teatral para sus planes.

Cuando Escipión llegó delante de Quart Hadast, situó su ejército cerca de sus altas y fuertes murallas frente al mar, en el lateral donde estaba el istmo, junto a la colina de Ares, para tener más terreno donde poder montar el campamento y tener más movilidad con sus tropas.
Escipión reunió a sus soldados, antes de la batalla, y les habló en tono profético anunciando que los dioses Neptuno y Boreas habían prometido su ayuda con un prodigio que abriría aquellas aguas para que ellos pasaran.
El rumor se extendió entre la tropa. Todos consideraban a Escipión como un gran militar y en cierto modo cercano a los dioses que siempre le protegían y con los que se comunicaba.
Se porte, su inteligencia, su voz grave y poderosa, su valentía y estrategia en el combate, le hacían parecer un elegido.
Escipión formó un destacamento con 500 hombres de su confianza y lo reservó para el final de su plan secreto.
El día era claro, radiante. Parecía una locura un ataque con esas condiciones
Las naves de Lelio ya habían llegado y estaban dispuestas y bloqueaban la bahía frente a la muralla principal de la ciudad, alta e imponente.
Escipión dirigía el ataque desde una zona apartada, dominando la escena desde una colina cercana a la de Ares.
En su mente dos opciones: una, la de ganar esa complicadísima batalla que había diseñado con ataques terribles a las murallas, por mar y por tierra, y la baza secreta del ataque oculto por el Almarjal o lago de la zona posterior, si era posible.
Otra, la de que la superioridad de la fortaleza, a pesar de estar con poca guarnición, fuera tan eficaz que ellos no pudieran abrir ninguna brecha, y por tanto se encontrasen en una ratonera con el mar a su espalda, atacados por otros aliados cartagineses cercanos que les encerrarían. Entonces las naves de Lelio serían su salvación para embarcar lo que pudiese de su ejército y salvarlo.
Lelio comenzó un ataque frontal desde el mar, al tiempo que Escipión mandó a 2.000 soldados contra la puerta principal de la muralla, la más cercana al istmo.
La altura de las murallas era enorme, pero la fuerza del ataque de los romanos lo era también.

Los defensores se concentraron en esa zona de muralla, mientras Magón se quedó con 500 soldados para defender la ciudadela donde se guardaban los tesoros, los rehenes, los senadores y las armas.
No esperaban los cartagineses de Quart Hadast un ataque en esos momentos.
El gobernador Magón mandó a sus mejores soldados salir por la puerta para impedir que toda esa tropa lograse asaltarla y entrar a la ciudad.
Las escalas que usaban los soldados romanos para trepar la muralla, por largas que fueran, no llegaban a lo alto y se rompían con el peso de varios soldados subiendo.
Las que lograban colocarse bien, por la verticalidad, eran empujadas desde arriba y caían fácilmente.
Los soldados de Magón salieron por esa puerta atacada, con furia, y persiguieron a los soldados de Escipión logrando que huyesen y se replegaran en su campamento.
Un error, pues Escipión sacó tropa de refresco y los cartagineses tuvieron que retroceder hacia la muralla, lejos de la puerta de la ciudad, con grandes bajas y en desorden.
Se atropellaban para entrar por tan estrecho lugar. Muchos murieron aplastados.




Escipión tenía prisa: volvió a ordenar un nuevo ataque a lo largo de toda la muralla principal.
Parecía increíble que mandara a tantos soldados por un sitio tan inexpugnable y fortificado, pero tenía en su mente un plan muy concreto, solo conocido por él y por Lelio, que con su escuadra mantenía bloqueado el puerto y disparaba en altura contra la fortaleza.


Al atardecer, tal y como Escipión había pronosticado a sus soldados, se levantó un viento racheado “maestral”.

 

Era el momento esperado. Si salía bien, entrarían en la Leyenda.


Escipión dio orden a sus 500 soldados elegidos para que se dirigiesen al lado opuesto de la muralla, a espaldas de la ciudad, en la orilla del lago, frente a dos de las colinas que cercaban la ciudad, Hephaistos y Asklepios y que se internasen en el agua sin temor, pues el dios Boréas estaba soplando para que las aguas retrocedieran y ellos pudieran vadearlo y llegar a la parte de atrás de la muralla, que estaba poco protegida al no esperar ningún ataque por esa zona.
Los soldados obedecieron ciegamente a su general y se introdujeron en el lago, caminando con el agua hasta el pecho hacia las murallas posteriores de la ciudad sin ser vistos, a través del Almarjal.
Pudieron colocar las escalas sin que les descubrieran y escalar la muralla sin apenas encontrar defensores en ella.
En esos momentos, por el lado opuesto, Escipión ordenó un nuevo ataque aun más fuerte contra las puertas de la muralla central, ayudado por los disparos de la flota, y con sus legiones en formación de tortuga cubiertos por sus escudos.
A ellos se unieron las fuerzas de los barcos del almirante Leilo, con él al frente, que reforzaron a los que trataban de abrir brecha en la muralla.
A hachazos, furiosos, intentaban romper y derribar la puerta que se les resistía.
Los defensores, que ahora eran escasos en comparación con la fuerza que les atacaba, acudían a toda la zona delantera en desorden, y se encontraron con que ya, por la muralla trasera, habían entrado soldados romanos y estaban intentando abrir las puertas a los invasores de fuera.
Todo se precipitó. Los soldados se mezclaron unos con otros en una lucha atroz, sin cuartel.
La matanza, una vez que lograron entrar en tropel los soldados romanos, fue sangrienta, cruel, sin misericordia para los defensores, que en su mayoría eran ciudadanos civiles, pero que intervinieron en la forma que podían para impedir el asalto.
Magón intentó defender la ciudadela, con menos de 1.000 soldados, pero ya era imposible. La masacre se había extendido por toda la ciudad y decidió rendirse.


Escipión había ganado para Roma la supremacía en el Mare Nostrum, a través de Hispania, en Quart Hadast, que desde ese momento los romanos llamarán Carthago Nova.


La matanza propia de las leyes de la guerra de entonces, cesó por orden de Escipión al serle entregada la ciudadela, donde se había refugiado el gobernador Magón y en cuya fortaleza se hallaban, entre otros notables, las hijas de Indivil y la joven esposa de Mandonio, caudillos enemigos suyos a las que respetó y liberó junto a otros nativos allí refugiados.
Su deseo, en la hora de la victoria, era ganarse el favor de los notables hispanos que estaban en la fortaleza, y en lugar de hacerles sus esclavos, los liberó restituyéndoles sus bienes.
Ya era dueño de la ciudad-fortaleza de Aníbal, de su emporio comercial, su almacén de provisiones, su arsenal, sus rehenes y su cofre de fabulosos tesoros.
Llegado el momento de los honores a los soldados que destacaron en la batalla, como era costumbre, se dio la circunstancia de que un marino y un centurión rivalizaron en el honor de ser el primero en la toma de la ciudad. El primero en el asalto final desde la muralla del mar; el segundo en haber escalado la muralla por la parte de detrás.


Escipión mandó que se dieran, de manera excepcional, sendas coronas murales, símbolo del triunfo, una a cada uno de los combatientes, delante de todo el ejército. Hecho insólito que no se volvió a repetir jamás.

 

Carthago Nova bien valía dos coronas murales

 

El dominio de Roma sobre Carthago se firmaba al dejar a Aníbal, sin su plaza fuerte, aislado en Italia.




Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

Ilustración de Pilar Puyana


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