sábado, enero 07, 2012






El Villancico antiguo

(Navidad)

Ilustración de Jordi Ponce


Manuel, el pastorcillo, cuidaba sus ovejas en un cerro cercano a un pueblo pequeño de la sierra. La tarde era fría, pero el sol todavía alumbraba los campos.


Manu era un chico muy alegre y se entretenía jugando con su perro de raza ovejera, de pelo brillante muy negro y pecho muy blanco, puro nervio, observador y saltarín. Le tiraba palitos para que Boro corriese a cogerlos. Con él se encontraba muy bien acompañado en aquel paraje solitario.


El cielo se iba poniendo rojizo, luego morado y, en pocos minutos, la luz desapareció como si un lobo se la hubiese tragado.
El perro fue a acurrucarse cerca del chico y le miró con sus ojos húmedos, cálidos y profundamente oscuros que indicaban absoluta nobleza hacia su amo: amor sin fronteras de un “Collie de la Frontera” (Border Collie)
El frío era ya intenso. Manu puso en marcha el rebaño, con la ayuda de Boro, que ladraba y corría en círculos, controlando a las ovejas para conducirlas al redil, situado junto a la pequeña cabaña que dominaba el cerrillo.
Soplaba, frío y oscuro el viento Norte, profundo y desolado como el páramo castellano.
Envolvía con su mano de cristal añil toda la pureza del vacío, al filo de la noche, y traspasaba el alma.

Mientras caminaban hacia allí se oyeron, lejanas pero muy claras a través del aire limpio y transparente, las notas del carillón de campanas del pueblecito cercano. Era la melodía de un viejo Villancico castellano…..


“Ya se van los pastores a la Extremadura,
Ya se queda la sierra triste y oscura
Ya se queda la sierra triste y oscura.”……

Mensaje directo al corazón de pastores castellanos.
Gentes del invierno, unidas al paisaje, que aun guardaban restos de polvo del camino trashumante, llevando sus rebaños en busca de pastos, a través de la muy ancha Castilla.
Tiempo frío en que se añoraban los afectos.
Tiempo en el que el clima adverso aislaba en un paisaje duro y solitario, privado de luces y festejos.


Silencio….


Sin saber por qué, Manu pensó en aquellos pastores.
- La Navidad se acerca- pensó en voz alta el pastorcillo- y ese Villancico dice que ellos se marchaban lejos de sus casas, en esas fechas…


- ¿Tal vez yo tendré que marcharme cuando sea algo más mayor?
El tañido de campanas del reloj carillón seguía desgranando las notas de aquel desolado y antiguo Villancico.


Manu sintió un escalofrío.
El contraste de los símbolos reavivaba el rescoldo.
Era la llamada a los seres queridos que el pastor dejó atrás, a resguardo durante sus marchas invernales, para poder volver con provisiones que aliviasen sus carencias.
Para ellos era el acorde, oscuro como la noche, frente al chisporroteo de la hoguera, para espantar el frío de la sierra.
Un poco de calor humano junto al fuego, evocando el olor y el sabor de los dulces caseros o el gozo de la infancia lejana.
No hay sentimiento de unión más antiguo y más fuerte que el de encontrar unas manos que coger en medio de la soledad.
Poder llevar el muérdago de bienvenida, la leña del hogar, los cantos del aguinaldo o la luz de la Navidad, ocultos, muy apretados contra el pecho, como una candela bajo el fanal, haciendo de ellos un tesoro único y personal.
El sonido de un canto popular vibrando en el carillón, hundiendo sus raíces en lo más profundo del alma, abrazando lo que de eterno tiene el hombre.


Silencio….


El perro inclinó la cabeza hacia un lado y levantó un poco una de sus orejas sin perder de vista a su amo que se había puesto serio de pronto.
Intentó darle con la patita en la pierna para llamar su atención.
Ya había dejado las ovejas bien guardadas en el redil, y esperaba una caricia de aprobación junto a la hoguera que Manu había encendido en una esquina de la cabaña, sobre una piedra grande y plana, para calentar la cena.


- ¡No pasa nada, Boro! – reaccionó animoso Manu al ver la expresión del perro- ¡Tranquilo! Nosotros estamos bien, cerca de nuestro pueblo, aunque no podamos ir a comprar turrones ni a cantar con los otros chicos por las calles en Nochebuena.
El perro movió la cola con gran fuerza y velocidad. Sabía que su amo no se encontraba solo estando con él. Algo se le ocurriría para pasarlo bien los dos juntos en Navidad.


- Mira- le explicó Manu- Esta cajita que me trajo mi hermano Toño cuando vino con permiso de la mili, es un teléfono móvil, por si me ocurriese alguna emergencia.
Boro miró aquella “cosa oscura”, olfateándola sin comprender qué interés podía tener algo que no se comía.
¿Sabes lo que vamos a hacer?- preguntó el chico mientras Boro inclinaba más y más su cabeza de lado, concentrado en su gesto interrogante- ¡Mira!
Manu tecleó algunos números en el aparatito.


Ilustración de Jordi Ponce



Unos sonidos misteriosos acompañaban cada cifra que pulsaba.
Aquello tenía un aspecto extraordinario porque a su amo se le habían puesto los ojos chispeantes, y el perro le imitó de inmediato.
Su mirada cálida y húmeda se iluminó.



¡Oiga! – habló Manu por el aparatito- ¿Es la emisora de radio? Soy Manu, el pastor. Tengo 10 años y estoy en mi cabaña con mi perro, al cuidado de las ovejas. Me gustaría que, en Nochebuena, dijeran ustedes por la radio que me llamen otros chicos a mi móvil, para contarnos cosas divertidas. Así me sentiré más acompañado… ¡Vale, muchas gracias!



Boro movió el rabo con fuerza.
Le gustaba ver a Manu tan animado, aunque no entendiese muy bien qué geniecillo del bosque encerraba aquella cajita oscura y alargada.
El asunto era que su dueño estuviese feliz, porque de ese modo él también lo estaba, y no había que buscar más explicaciones.



- ¡Ven aquí Boro!- llamó el pastorcillo, acariciando la cabeza de suave pelo del perro- Vamos a tomar un poco de sopa caliente, que mañana con el alba tenemos que salir con las ovejas.



La noche era fría, oscura y desapacible presagiando la nevada.
Al fondo se oía balar a las ovejas en el redil.
El viento soplaba fuera racheado, pero en la cabaña calentaba el fuego.
Manu compartía con su perro un jarrillo de caldo caliente y espeso, una buena porción de pan de hogaza y unos trozos de queso fresco. La vida era maravillosa para los dos amigos.

La Nochebuena traería muchas, muchas voces de aliento, risas, sorpresas y compañía. De eso estaban seguros Manu, el pastor, y su perro Boro.
A las doce de la noche, cuando el silencio cubría los campos y caían los primeros copos de nieve, el carillón volvió a tintinear en la torre de la iglesia del pueblo las notas del viejo Villancico.



……” Ya se queda la sierra triste y oscura,
Ya se queda la sierra
triste y oscura…….”



Ahora, sin saber por qué, el eco de aquella música traía unos sonidos muy dulces.
Reflejaban en el canto navideño toda una carga de promesas para aquel niño que dormía, sonriendo, en la cabaña de piedra cubierta por el manto de la nieve, mientras su perro ovejero vigilaba en su puerta, atento a cualquier peligro que pudiera acechar a su dueño y sus ovejas.



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Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)-


Publicado en Surcando Ediciona Word Press

miércoles, septiembre 21, 2011

SENSACIONES BAJO EL MAR








Mucho tiempo ha pasado desde que descubrí el hechizo de aquel mar azul, sereno en apariencia, cálido y repleto de sensaciones para mí.




Aquello pertenece a una época que, en sí misma, está siempre cubierta por un manto irisado de reflejos de mil colores, como es la primera juventud.

Después, tal vez por las circunstancias en que todo aquello parecía quedarse pequeño, arrinconado en la sencillez de “vivencias y descubrimientos”, mantuve ese recuerdo como muy especial, pero alejado de la actividad que fui desarrollando, a la que siempre denominé “subirme al tigre” y que no me tirase.
Me alejé de lo calmado y sencillo, como era aquel mar de mi recuerdo.
Inicié proyectos, singladuras, iniciativas que me situaron en lugares y mares mucho más “bravos” y peligrosos, con tonos más intensos, azules índigo, grises plomizos, con tempestades, oleajes y faros que avisaban los peligros o que acogían en su paz de refugio.
Siempre la mar fue una atracción irresistible para mí, en todo lo que he hecho.

Desde aquel último faro, donde pasé una temporada de tranquilidad azul Atlántico, con sus “dos cortos, dos largos, dos cortos”, repitiendo mi secreto de la felicidad, he sabido que bajo el mar estaba mi “iniciación” a todo lo que más he querido en la vida.

Cada mañana, a las 8, bajábamos a desayunar al cafetín que había en la base del faro.
Me acompañaba un antiguo marino, curtido “lobo de mar”, con su pipa, su gorra desgastada en mil tempestades y unos ojos rasgados, negros, llenos de chispas de la galerna, que habían visto el mundo entero y todos sus mares a bordo de todo tipo de buques.
Él accedió a contarme sus mil travesías, allí, en aquel cafetín del faro, para que no se perdiesen, y cada mañana a las 8 bajábamos a desayunar, sentados en unas sencillas mesas cuadradas, frente a las grandes cristaleras que ponían ante nuestros ojos la inmensidad del Atlántico.



Aprendí de él todos los vientos, los misterios de sus furias, el espanto de las “calmas” en alta mar, pero a pesar de todo eso, él siempre me repetía que no había mejor secreto que el que regala el mar a sus elegidos, cuando se entregan a sus brazos y sus caricias, bajo el agua, sin temor, con pleno dominio, pero en silencio de complicidad.
Él, que había arrostrado peligros y vencido tempestades, me confesó que siempre tenía un terrible temor: “Las calmas”. Siempre temía que en la peor “calma” de su navegar, el viento no soplara las velas de su navío…. Que “se muriesen las calmas” y quedase en medio de la nada del mar, perdido, inmóvil para siempre.

Por eso, al terminar nuestras charlas pausadas y llenas de sorpresas marítimas para mí, él repetía que nunca olvidase ese “secreto del mar”, porque toda la vida está en él.

Creo que aquellos ojos que tanto habían visto de horizontes azules, grises, negros y hasta plateados, me querían recordar ese territorio exclusivo que el mar reserva para algunas ocasiones, y que yo le había confiado en alguna de nuestras charlas que formó parte de mis vivencias en tiempo muy lejano, cuando no era más que una aprendiz de adolescente.

Como por arte de la magia de la naturaleza, aquel recuerdo se fue haciendo más y más presente, y el contraste de colores y de fuerza de aquellos dos mares tan distintos, me fue inspirando el repetir lo que entonces escribí, y que tuvo tanta repercusión para mí, a pesar de mi corta edad.
Y por eso lo reviví con gusto para aquel buen marino, capitán del Sea Wolf, que tantas historias compartió conmigo en el cafetín del faro, que cada noche nos saludaba: “Dos cortos, dos largos, dos cortos”.
Y esto es lo que escribí para él:





“Habíamos quedado, como cada día de aquel verano, al borde la playa de “Las Acacias”, para reunirnos el grupito de amigos y adentrarnos un poco en el mar, tranquilo, azul y atractivo, con una barca, para bañarnos en una zona donde la arena fina formaba un banco estupendo donde poder nadar a nuestras anchas, alejados de la zona pedregosa de primera línea de la playa.

Nunca había sentido ese atractivo de adentrarnos algo más de lo normal, bajo el sol de verano, para tiranos desde la barca y nadar en esas aguas tan limpias, puras y llenas de distintos tonos de azules y de verdes.

Yo era tan joven que aún sentía el vértigo de ver bajo mis pies la profundidad del mar, pero todos los demás nadaban de maravilla y buceaban aún mejor, y por eso tomé confianza de inmediato para hacer yo lo mismo, y bucear bajo aquellas aguas tan transparentes, mucho más debajo de lo que alcanzaba mi vista bajo mis pies.
Aquello se repitió día a día, y cada vez llevábamos la barca más adentro, hasta donde el color del agua cambiaba a mucho más oscuro, y su temperatura cambiaba de fresca a muy fría.

Aquel día me sentí como si todo aquel enorme mar fuese algo mío, como si en eso días hubiésemos hecho una gran amistad.


Nadé un rato y luego cogí mis gafas de bucear para volver a ver todos aquellos tonos imposibles de encontrar fuera de allí: Azules suaves, cristal mateado con chispas de luz, verdes claros mezclados con blancos y grises…. Niebla y resplandor bajo el agua….
Seguí bajando sin demasiado esfuerzo, sintiendo que mi piel se refrescaba y se hacía más suave, para penetrar más y más bajo aquel enorme castillo de agua.
Me maravillaba ver tantos peces nadando alrededor de mí, sin asustarse. Sus movimientos eran como un ballet, rápido o suave, con ritmo de una música invisible…. Las rocas se perfilaban frente a mí y bajo mi cuerpo que flotaba sin esfuerzo.
Probé a dar vueltas allí abajo, bailando con los peces de colores dorados, naranjas, grises y marrones…. Di fuerza a mis brazadas y aquel baile se hizo mucho más suave y amplio…

De pronto, aquella música que me parecía escuchar dentro de mi cabeza, se hizo real.
¿Cómo podía ser que oyese un tintinear como de campanillas?
Subí un poco, por si fuesen mis oídos…. Paré suavemente de dar brazadas y la música se dejó de oír..
Volví a mi baile con los peces y entonces el tintineo de campanillas se hizo intenso, intenso y claro, como si tuviese cerca un instrumento que me acompañaba en mi baile con los peces.
Me quedé hechizada por aquel sonido, y apenas me daba cuenta del tiempo que pasaba, deseando oír de nuevo aquella misteriosa música que me hacía latir más fuerte el corazón.
Sentía que el mar me estaba abrazando, que me cantaba con aquel tintineo de campanitas de plata, junto a aquella bandada de peces de colores.

¿Tintineo de plata???
¿Campanitas de música??
De pronto miré mis brazos, que casi había olvidado que colaboraban a que yo bailase y bracease bajo el agua…. Y descubrí el motivo de aquella maravillosa música de campanitas que tintineaban: Eran mis pulseritas de plata. Unas sencillas pulseritas de aros de plata que siempre llevaba, labradas a mano y llenas de símbolos, que me habían regalado en uno de mis cumpleaños y que jamás me quitaba.

Al subir a la superficie todos los del grupo estaban preocupados, buceando en los alrededores para localizarme, por el tiempo que yo había estado bajo el agua.

Cuando me vieron, tan sonriente y tranquila, las cosas se calmaron.
Para que comprendieran por qué me había quedado tanto tiempo disfrutando allá abajo, comencé a contar todo aquel maravilloso baile con los peces, entre las rocas, y mi descubrimiento de aquella música de campanillas que me acompañaban…
Creo que pensaron que tenía demasiada imaginación y que tal vez había profundizado más de la cuenta buceando…. Pero yo sabía cómo se escuchaba bajo el agua aquel sonido tintineante y plateado, como si fuese música, con una especial intensidad, y aquello nunca se me olvidó, porque yo sabía que era un pacto de amistad entre el mar y yo que duraría toda la vida.”-

En efecto, así es.
Ha durado toda la vida, y ha sido para mí uno de mis “tótems” favoritos, al que debo muchos secretos.








Cuando dije que el descubrimiento, aquel verano, de “mi amigo el mar”, había marcado mi vida de un modo muy especial, me refería a la primera vez que escribí estas sensaciones que descubrí bajo el mar, unidas a la música de campanitas tintineando en mi baile bajo el agua, que sirvió para que nunca olvidase la amistad que, desde entonces, me ha unido al mar, y que fue la primera vez que algo escrito por mí, con muy poquitos años, lograba que se leyese ante otras personas, y que alguien pronosticase que aquello que había escrito estaba anunciando que ese sería mi camino, años después.

Dicen que tener un amigo es un tesoro, y que solo la amistad enriquece y guarda lealtad inquebrantable en la vida.
Debe ser verdad, porque bajo el mar descubrí esa sensación, y casualmente ha continuado rodeando de modo misterioso mi vida de otros amigos relacionados con el mar, dejando siempre dentro de mí la sensación de que puedo acudir a ese territorio vedado que es la profundidad del mar y sus misterios siempre que lo desee, con total confianza y complicidad.-

(Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)
(Todos los derechos reservados)


Ilustraciones: Daniel Camargo y Jordi Ponce


Composición fotográfica: Jose E. Ferrando

Publicado en http://www.surcandoedicionawordpress/



jueves, septiembre 08, 2011







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lunes, agosto 08, 2011





"Guerreros sin nombre"




(Romance medieval al Castillo de La Mota)




Publicado en Surcando Ediciona Word Press











Mece el viento los cipreses y entre sus ramas se filtra.
Repite mudos romances al calor de hojas marchitas


En el camino sin lindes de la muy ancha Castilla,
crujen al sol los guijarros, el yermo sin fin se estira.


Solitario va el jinete con la mirada perdida,
que su caballo le lleva sin apenas tocar brida.
De muy gastadas gualdrapas va su silla guarnecida;
sudor de cien cabalgadas surcando su piel curtida.

Ya la montura se alegra. Tras una loma escondida
aparece, recia mole que cuadrada se perfila,
la Torre del Homenaje, del castillo fuerte guía,
baluarte de torretas de almenas de roca viva.

Portón cargado de escudos; Poterna, de herrajes rica,
tiene de cerrojos tantos como espadas la armeria ;
Más bisagras y cadenas que pendones ha Castilla,
pero abierto el paso franco al visitante sin prisa.




Plaza de guerreros grandes que en el recuerdo la cuidan.
Morada de damas nobles que en sus torreones hilan.
Carga el jinete, al galope; su caballo se encabrita.
La Torre del Homenaje en sus cimientos se agita.


¿ Quién invade el patio fuerte turbando a la almena altiva?
¿ Qué ejército de fantasmas pone a la plaza cautiva?



! Mira al cielo caminante!
y encontrarás ,allí arriba, la clave de este secreto
por las piedras repetida:


“Grajos del Castillo,
guerreros sin nombre;
ejército mudo,
sombras de la noche."


Replegados sobre el muro, formando perfecta fila,
un ejército de plumas el horizonte perfila.
Murmura el viento en la almena, al claro de luna escrita
la historia de los guerreros, sin nombre, escudo ni liza.:






".. Comitiva de jinetes
que, de tan larga, perdida,
de tras los llanos naciendo
a estos fueros se venían.



Espadas han por enseña,
y halcones de cetrería
descansando en los enhiestos
estandartes de Castilla .


Bravos son los caballeros
a fe de su valentía;
fieles tanto con su Reina
hasta arrancarse la vida.


A los frentes del castillo
se aguarda la comitiva.
Extiende su guantelete
el guerrero que los guía


Y, al par de terrible estruendo,
cadena y piedra chirrían,
cayendo todo el gran puente
que a tierra se precipita.


Hasta el alba duró el paso
de tan negra comitiva;
piafar de cabalgaduras,
brillo de arzones y sillas,


Mas la aurora borró el rastro
de tan gran caballería,
y el canto del primer gallo
cubrió de silencio el día .



Desierto se hace ya el patio.
Cerradas puertas y fijas.
En las torretas, tan solo
el aire se mueve y silba.








Ilustración de Jessica Sánchez



La cámara de la Reina,
tras la ventana de ojiva,
aguarda a la su señora
que fuese de aquesta vida.


Blanca fue su piel doncella;
más blanca su frente altiva.
Lino de nieve sus tocas;
alba su risa de niña.


Guárdenla sus caballeros,
bizarra y muda capilla.
Fierros escudos y espadas
Velan su dama dormida.




Consumió el fuego su mecha.
Despertó el sol de mil días.
La hiedra cuajó de nieve.
Se agostó el grano en la trilla;


Mas no despertó la Reina,
que ha mucho que está dormida,
y en su largo velatorio
se consume su Castilla .


Ya no se mueve la tropa,
rígida por la desdicha.
Ya las sus faces son negras,
sin fuego de sangre, frías.


El Salón da Embajadores
crespones negros tapizan.
Las lágrimas de la muerte
por las torres se deslizan.


Mudos rumores de réquiem
parten los aires y silban.
Fúnebre túmulo yerto
transporta la comitiva.


Son, para siempre, formadas
las mesnadas de Castilla.
Guardia de honor de su Reina,
eterna, muda y sombría.


Cien mil siluetas de noche
en las torres se perfilan;
yelmos de pluma azabache;
invencibles garras frías.


Polvo y silencio de siglos
no rompen su fidalguía .
Lustrosas y negras plumas
que a la luz de luna brillan.


» Grajos del Castillo,
guerreros sin nombre;
ejército mudo,
sombras de la noche. »



Original de Conchita Ferrando de la Lama
(Registrado)

domingo, junio 12, 2011

Actualidad: "LOS PEPINOS DEL VIRREY"

Parece que la mala fama que tuvieron los pepinos en el siglo XVII, en Perú, vuelve a renacer tras la desagradable “crisis de los pepinos”




Ha surgido en Alemania y la Unión Europea estos días, originada por las alocadas deducciones de una ministra del “deutschland”, acusando a los pepinos de origen español como culpables de la infección por el bacilo E-coli que ha causado ya víctimas mortales y muchos afectados hospitalizados graves.

Es seguro que hay un germen culpable de esas muertes y de todos esos afectados, pero no parece que sean los pepinos, aunque aún no se ha llegado a descubrir qué puede ser…..

Hubo una época, recogida en las tradiciones peruanas, en que algo parecido ocurrió, aunque no tan grave, y los muy indigestos pepinos hacían estragos diarreicos en la población de Perú del Siglo XVII.

Según se recoge en esas tradiciones, gobernaba en aquellas tierras, por delegación del Rey de España, como Virrey del Perú, el muy noble y orgulloso D. Melchor de Navarra y Rocafull, Duque de Palata, Príncipe de Masa y Marqués de Tola.

Sus poderes para gobernar, unidos a su renombre y alta nobleza de origen, le valieron el sobrenombre de “El Virrey más Virrey que haya tenido el Perú”.

Solía dar solución a los grandes problemas que le estaban encomendados, que no siempre gustaba a quienes la debían acatar, diciendo:

“Dios está en los cielos, el Rey está muy lejos (En España), y aquí mando yo”.

Tanta autoridad tenía sus partes buenas y malas, como todo, pero algunas de las buenas fueron lograr meter en vereda a los piratas que asolaban sus costas, ahorcando como medida ejemplar a cuantos caían en sus manos, incluido el célebre Clerk.

Armó una gran flota para expulsar de su zona a los filibusteros que las expoliaban, dictó leyes para proteger a las ciudades del país, y fortificó la ciudad de Lima con gruesas murallas reforzadas por catorce baluartes.

Dentro de las menos buenas estaba su áspero carácter autoritario que le creó bastantes enemigos, llegando a prohibir por Decreto comer pepinos en todo el país, a causa de lo indigestos y poco saludables que le parecían esas hortalizas, por lo que le pusieron como apodo “El Virrey de los pepinos”.

Su orgullo y su afán al juego de cartas llamado “El revesino”, que era un juego con envites entre los jugadores que siempre él llevaba hasta el final y había que permitirle que los ganase, era la comidilla de Lima por esos años, y nadie se atrevía a “cortarle el revesino” a su excelencia el Virrey.


Sucedió que el Marqués de Villafuerte, recién llegado de la Corte española, oyó hablar de este arranque de orgullo del Virrey a los habituales de sus partidas de naipes, y como fuera invitado por él a participar en las partidas, sobre todo por estar recién llegado de España con novedades de la corte, dejó sorprendidos a todos diciendo que él, Don Juan de Urdánegui, sería quien esa misma noche “cortaría el revesino” al Virrey Duque de Palata.

La noticia corrió como la pólvora por los cenáculos de Lima, y esa noche la expectación era máxima.

Llegado el momento del “lance” el Marqués, sin pestañear, “cortó el revesino” al Virrey, que no se lo podía creer.

Aun conmocionado, Su Excelencia se retiró justificándose con un fuerte dolor de cabeza.

Todo Lima comentaba al día siguiente que D. Juan, Marqués de Villafuerte, había “cortado el revesino” al Virrey.

Los chiquillos cantaban por las plazuelas de Lima esta cancioncilla malintencionada:

-“ Al Virrey de los pepinos, le han cortado el revesino”…..

Ni que decir tiene el enfado que cogió el Virrey, que se vio humillado por un Marqués recién llegado de España, que no había respetado la tradición de dejar que él ganase la partida de naipes y le había cortado el revesino….

Poco tardó en encontrar el Virrey un motivo para vengarse del Marqués, ya que publicó un bando que prohibía llevar a beber a los caballos en los pilones de la Plaza Mayor de Lima, porque formaban mucho polvo.

D. Juan de Urdánegui, desoyendo el bando, mandó llevar sus caballos como siempre al pilón de la Playa Mayor.

Las espadas estaban en alto.

Aquello rayaba ya en el desafío a la autoridad de Su Excelencia, que no solo prohibía comer pepinos, o cortarle el revesino en los naipes, sino también dar de beber a los caballos en el pilón de la Plaza Mayor, y aquel insolente Marqués le estaba desafiando en su autoridad.

Según su costumbre, el Virrey montó en cólera y mandó azotar al criado del Marqués que había llevado los caballos al pilón de la Playa Mayor.

En ese momento apareció el Marqués, D. Juan de Urdánegui, que reprochó al Virrey una acción tan desproporcionada y arbitraria.

El Virrey volvió a enrojecer de cólera y acusó al Marqués de desacato.

Muy tranquilo, el Marqués sacó unos papeles que enseñó al Virrey, donde se le reconocía por el Rey de España la propiedad de los terrenos donde estaba la Plaza Mayor, otorgados a sus antepasados durante la fundación de Lima, y que alcanzaban incluso a parte de los terrenos que ocupaba el mismísimo palacio del Virrey, construido sobre una parte de ellos.

No le quedó al Virrey más remedio que guardar su cólera y sus amenazas, al ver los papeles sellados por el Rey.

Entre dientes, pero aceptando su derrota, le dijo al Marqués:

-“ Ciertamente habría mucha tela para litigios, pero es evidente, Marqués, que Dios le puso en el mundo para cortarme siempre el revesino”….

………………………………………

Sin sacar demasiado las cosas de su cauce, podría ser que quienes tienen la potestad y el gobierno de nuestro país, acusado de modo tan alocado de exportar pepinos con infección, pusieran sus naipes sobre la mesa y exigieran la dimisión de quien tan irresponsablemente ha obrado, sin pruebas y a lo loco, y emplazase a Alemania y la Unión Europea a resarcir todas las pérdidas causadas a tantos agricultores españoles, familias y puestos de trabajo, además de cifras millonarias… y, si es necesario, tengan el valor de “cortarle el revesino” a quien sea necesario, ministra, cancillera, o el mismo Virrey de los pepinos que reviviese para ese lance.


Del libro de Relatos “Raíces de la Memoria”

Original de Conchita Ferrando de la Lama

http://www.jaloquecreaciones.com/obras/flashintro/





viernes, mayo 27, 2011

A través de la bruma, te convoco




A través de la bruma te convoco
a que sientas mis besos en tu piel,
recorriendo poro a poro tus sentidos,
arrancando tu temblor de timidez.

Siente cómo tu sangre se desboca
pidiendo que me beses tú también,
a través de esta bruma luminosa
que mantiene el secreto de saber.

Porque sé que tú me estas sintiendo ahora
tal como yo te siento en mi querer,
abrazados en secreto, en la distancia,
tan lejos o tan cerca, hoy o ayer.

Noto tu beso cálido y cercano.
Siento latir tu corazón,
en esta niebla dulce que me abraza,
sin horas, ni distancia . Solos tú y yo.

Original propiedad de la autora: Conchita Ferrando
Jaloque Creaciones



martes, abril 05, 2011

Tal vez me buscarás





Tal vez me buscarás,

añorando mi perfume de jazmines,

las ráfagas de aroma de magnolias,

el color de las rosas salmón

que prendiste una noche en mi chal ....


Tal vez me buscarás,

cuando mi rostro cruce la distancia

para mostrar surcos y cicatrices

rotas por la voz de la verdad;

cuando la luna azul sea luna negra,

enterrada en los montes y el mar. ...


Tal vez... tal vez... me buscarás.


Original de Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)